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El Why Liberalism Failed de Deneen ataca una versión falsa del liberalismo

In Arts & Letters, Book Reviews, Books, Christianity, Conservatism, Historicism, History, Humanities, Liberalism, Modernism, Philosophy, Politics, Scholarship, Western Civilization, Western Philosophy on October 2, 2019 at 6:45 am

This post originally appeared here at Mises.org. 

Sólo los audaces titulan un libro Why Liberalism Failed. Patrick Deneen, el Profesor Asociado de Ciencias Políticas David A. Potenziani Memorial de la Universidad de Notre Dame, ha hecho precisamente eso, proponiendo que tal fracaso ha ocurrido realmente y estableciendo la expectativa irrazonable de que él pueda explicarlo. Su premisa operativa es que el liberalismo creó las condiciones para su inevitable desaparición, que es una ideología autoconsumidora y autodestructiva que sólo tiene unos 500 años. (p. 1) «El liberalismo ha fracasado», declara triunfante, «no porque se quedara corto, sino porque era fiel a sí mismo. Ha fracasado porque ha tenido éxito». (p.3)

Deneen no define el término liberalismo, que no está en su índice a pesar de que se encuentra en todo el libro. Tengo la certeza de que uno de los revisores del manuscrito pre-publicado recomendó su publicación a los editores de Yale University Press, siempre y cuando Deneen definiera el liberalismo de manera convincente y luego limpiara sus descuidadas referencias a él. Deneen ignoró este consejo, dejando el manuscrito como está. Su genealogía del liberalismo es aún más problemática a la luz de esta negativa a aclarar.

Deneen presenta una aparente paradoja, a saber, que el liberalismo, bajo la bandera de la libertad y la emancipación, produjo su opuesto: un vasto, progresista y coercitivo Estado administrativo bajo el cual los individuos se han vuelto alienados, amorales, dependientes, condicionados y serviles. «El proyecto político del liberalismo», afirma, «nos está moldeando en las criaturas de su fantasía prehistórica, que de hecho requería el aparato masivo combinado del Estado moderno, la economía, el sistema educativo y la ciencia y la tecnología para convertirnos en: seres cada vez más separados, autónomos, no relacionales, repletos de derechos y definidos por nuestra libertad, pero inseguros, impotentes, temerosos y solos». (p.16)

En esta línea se oyen ecos de Sartre, y el existencialismo recomienda un cierto individualismo: la libertad del agente racional, que ha sido empujado a la existencia sin elección ni culpa propia, a querer su propio significado en un mundo absurdo y caótico. Pero el existencialismo es una especie de individualismo diferente de la que motivó a Hobbes, Locke y Mill: los principales objetivos de la ira de Deneen. Es cierto que a Mill no le gustaba la conformidad dogmática con la costumbre, pero es una costumbre, incluso se podría decir que es una posición conservadora. Hay que mantener o conservar, después de todo, un modo crítico de abordar cuestiones difíciles sin suponer que ya se han encontrado todas las soluciones adecuadas. Cada época debe revisar sus enfoques de los problemas perennes. Hay muchas cosas que no le gustan desde una perspectiva cristiana, pero sus desagradables conclusiones no necesariamente se derivan de su método de indagación o de su apertura a examinar de nuevo los rompecabezas y los problemas con los que nuestros antepasados lucharon.

El liberalismo clásico o libertarismo al que se adhieren los individualistas cristianos promueve la paz, la cooperación, la coordinación, la colaboración, la comunidad, la administración, el ingenio, la prosperidad, la dignidad, el conocimiento, la comprensión, la humildad, la virtud, la creatividad, la justicia, el ingenio, y más, tomando como punto de partida la dignidad de cada persona humana ante Dios y ante la humanidad. Este individualismo prospera en culturas fundamentalmente conservadoras y no cuadra con la caricatura de Deneen de una caricatura de una caricatura de un individualismo «liberal». Este individualismo conservador, una criatura del liberalismo clásico, aboga por la libertad a fin de liberar a los seres humanos para que alcancen su máximo potencial, cultivar una ética y una moral generalizadas y mejorar sus vidas e instituciones mediante el crecimiento económico y el desarrollo. ¿Y quién puede negar que la economía de mercado con la que está vinculada ha dado lugar, en todo el mundo, a mejores condiciones de vida, avances tecnológicos y médicos, descubrimientos científicos, curiosidad intelectual e innovación industrial?

Deneen desea rebobinar el tiempo, recuperar la virtuosa «autogestión» de los antiguos que, según él, se basaba en el «bien común». (p. 99) Ve en la antigüedad un arraigo social que se alinea con el cristianismo tal como lo ejemplifican en el mundo moderno las comunidades amish (p. 106-107) Su celebración de las artes liberales tradicionales adopta, dice, «una comprensión clásica o cristiana de la libertad» (p. 129) que enfatiza las normas y localidades situadas, las culturas arraigadas y las continuidades institucionales. Esta, sin embargo, es una curiosa visión de la antigüedad, que contradice los rasgos anticristianos del pensamiento clásico y antiguo, ensalzada por Friedrich Nietzsche, Ayn Rand y Julius Evola, que valoraban los elementos paganos de «la antigua alabanza de la virtud» (p. 165) y menospreciaban el mundo moderno por ser demasiado cristiano.

A Deneen no le interesan los liberalismos, es decir, la multiplicidad de conceptos que vuelan bajo la bandera del liberalismo. Prefiere casualmente agrupar variedades de enfermedades genéricas (desde la agricultura industrializada hasta el enamoramiento con el STEM, la diversidad, el multiculturalismo, el materialismo y la autonomía sexual) como productos del único enemigo común de todo lo bueno que los períodos clásico y medieval tenían para ofrecer. Luego le da un nombre a ese enemigo: liberalismo. Nos sumergiría, si no en la antigüedad, en el tribalismo medieval, en períodos en los que los acusados eran juzgados por la prueba o el combate, cuando los juramentos de sangre y el parentesco, en lugar de la confianza, la buena voluntad o el intercambio económico, determinaban las lealtades y lealtades de uno.

No es correcto que el liberalismo «requiera la liberación de toda forma de asociación y relación, de la familia a la iglesia, de la escuela a la aldea y a la comunidad». Por el contrario, el liberalismo libera a la gente de la coerción tiránica e institucionalizada que les impide disfrutar de las asociaciones y relaciones locales, incluidas las de las familias, las iglesias, las escuelas y las comunidades. El liberalismo bien entendido empodera a la gente para que se agrupe y defina su experiencia según sus propias costumbres y costumbres. Gracias al liberalismo, el propio Deneen goza de la libertad de criticar al gobierno en rápido crecimiento que cada vez más intenta imponerle normas y reglas contrarias a las suyas.

Extender el individualismo que caracterizó al liberalismo clásico al progresismo del siglo XX y a la política de identidad moderna, como hace Deneen, es un error. La política de identidad moderna trata sobre el colectivismo en nombre de la autodefinición, la autoconciencia y la autoconstitución, sobre la elección de qué comunidades (Black Lives Matter, LGBTQ, los Socialistas Demócratas de América, los neonazis, etc.) abrazan lo físico (por ejemplo, lo étnico o lo racial), lo ideológico (por ejemplo, lo pannacionalista, marxista, ecosocialista, feminista, anarcosindicalista, supremacista blanco), o características normativas (por ejemplo, justicia social o igualitarismo) en torno a las cuales se forman asociaciones de grupo.

La verdad es que el individualismo prospera en comunidades morales y virtuosas, y que el bien común y las asociaciones de grupos florecen en sociedades que reconocen y comprenden el valor y la dignidad inherentes de cada individuo. De la interdependencia y el fortalecimiento mutuo de la libertad y el orden, del individuo y de la sociedad, Frank Meyer proclamó que «la verdad se marchita cuando la libertad muere, por justa que sea la autoridad que la mata; y el individualismo libre, desinformado por el valor moral, se pudre en su centro y pronto crea las condiciones que preparan el camino para la rendición a la tiranía.1 Para aquellos que insisten en que el individualismo es antitético a la creencia religiosa, que es en sí misma indispensable para el conservadurismo y el bien común, M. Stanton Evans declaró, «la afirmación de un orden trascendente no sólo es compatible con la autonomía individual, sino con la condición de la misma; […] una visión escéptica de la naturaleza del hombre [es decir…] una visión escéptica de la naturaleza del hombre», como intrínsecamente defectuoso y propenso al pecado] no sólo permite la libertad política sino que la exige».2

En una sociedad libre, los empresarios y productores miran a los demás, a las comunidades, para determinar las necesidades básicas que deben satisfacerse. El interés personal racional que motiva la creatividad y la inventiva consiste fundamentalmente en servir a los demás de manera más eficiente y eficaz, en generar recompensas personales, sí, pero recompensas personales por hacer la vida mejor y más fácil para los demás. El Adam Smith de La Riqueza de las Naciones es el mismo Adam Smith de La Teoría de los Sentimientos Morales. Los seres humanos están conectados tanto para cuidar de sí mismos, proteger sus hogares y a sus seres queridos, como para sentir y sentir empatía por los demás. La beneficencia y la generosidad son aspectos principales del individualismo liberal que Deneen calumnia.

La «segunda ola» del liberalismo, en el paradigma de Deneen, es el progresismo. Sin embargo, el progresismo moderno y el Partido Demócrata no tienen casi nada que ver con el liberalismo clásico. Curiosamente y, me atrevo a decir, perezosamente, Deneen desea conectarlos. Sin embargo, no puede trazar una clara línea de conexión entre ellos, porque no la hay. La supuesta conexión es la supuesta ambición de «liberar a los individuos de cualquier relación arbitraria y no elegida y rehacer el mundo en uno en el que prosperen aquellos especialmente dispuestos al individualismo expresivo». (p. 143-44) ¿Debemos interpretar esta afirmación en el sentido de que Deneen preferiría que nuestras relaciones e interacciones fueran arbitrariamente coaccionadas por un poder central en una sociedad cerrada en la que los individuos subordinados siguen habitualmente las órdenes incuestionables de los superiores establecidos?

F. A. Hayek dijo una vez que, «hasta el ascenso del socialismo», lo opuesto al conservadurismo era el liberalismo pero que, en Estados Unidos, «el defensor de la tradición estadounidense era un liberal en el sentido europeo».3 ¿Está Deneen tan inmerso en la cultura estadounidense que no puede reconocer esta distinción básica? Deneen premia el bien común y colectivo que se manifiesta en las comunidades locales, culpando al interés propio racional de la supuesta tendencia universalizadora del liberalismo a erradicar las venerables costumbres y normas culturales. Pero parece confundido por la taxonomía norteamericana en la que ha caído el liberalismo y haría bien en revisar las obras de Ludwig von Mises, quien explicó: «En Estados Unidos, “liberal” significa hoy en día un conjunto de ideas y postulados políticos que en todos los aspectos son lo opuesto de todo lo que el liberalismo significó para las generaciones precedentes. El autodenominado liberal estadounidense apunta a la omnipotencia del gobierno, es un enemigo resuelto de la libre empresa y defiende la planificación integral por parte de las autoridades, es decir, el socialismo».4

Una comparación de la teoría política especulativa de Deneen y su narrativa abstracta de la decadencia con la de Larry Siedentop, profundamente histórica e ideológicamente neutra, Inventing the Individual (Belknap/Harvard, 2014), revela fallas críticas en el argumento de Deneen, comenzando con la proposición de que la clave del individualismo para el liberalismo tiene apenas 500 años. Siedentop menoscaba la imagen común de una Europa medieval asediada por la pobreza y la superstición, la monarquía y la tiranía, la corrupción generalizada y la muerte temprana de la que supuestamente nos rescataron el Renacimiento y, más tarde, la Ilustración. Siedentop ve, en cambio, el ascenso del cristianismo —mucho antes del medievalismo— como la causa del ascenso del individualismo liberal, que, de hecho, tiene sus raíces en las enseñanzas de San Pablo y de Jesucristo. Mientras que Deneen teoriza que el individualismo es reciente y anticristiano, Siedentop traza su historia actual como claramente cristiana, trazando sus características concretas a lo largo del tiempo a medida que proliferaba y sustituía a las antiguas culturas y costumbres paganas que carecían de una comprensión estructural de la dignidad y primacía de la persona humana.

Siedentop atribuye el individualismo liberal al cristianismo; Deneen trata el individualismo liberal como contrario al cristianismo. Ambos hombres no pueden corregir, al menos no completamente.

Caminando hacia atrás en algunas de sus grandes afirmaciones, Deneen reconoce en sus páginas finales que el liberalismo, en ciertas manifestaciones, ha existido por más de 500 años y que tiene mucho en común con el cristianismo:

Mientras que el liberalismo pretendía ser un edificio totalmente nuevo que rechazaba la arquitectura política de todas las épocas anteriores, se basaba naturalmente en largos desarrollos desde la antigüedad hasta la Baja Edad Media. Una parte significativa de su atractivo no era que se tratara de algo totalmente nuevo, sino que se basara en reservas profundas de creencia y compromiso. La antigua filosofía política se dedicaba especialmente a la cuestión de la mejor manera de evitar el surgimiento de la tiranía, y la mejor manera de lograr las condiciones de libertad política y autogobierno. Los términos básicos que informan nuestra tradición política —libertad, igualdad, dignidad, justicia, constitucionalismo— son de origen antiguo. El advenimiento del cristianismo, y su desarrollo en la filosofía política de la Edad Media, ahora muy descuidada, puso de relieve la dignidad del individuo, el concepto de persona, la existencia de derechos y deberes correspondientes, la importancia primordial de la sociedad civil y de una multiplicidad de asociaciones, y el concepto de gobierno limitado como el mejor medio de prevenir la inevitable tentación humana de la tiranía. El atractivo más básico del liberalismo no era su rechazo del pasado, sino su dependencia de conceptos básicos que eran fundamentales para la identidad política occidental. (págs. 184 a 85)

Perdóneme por estar confundido, pero pensé que Deneen se había propuesto criticar el liberalismo y trazar su fracaso, no exaltarlo ni defenderlo, y ciertamente no vincularlo a un antiguo linaje asociado con el cristianismo. Este pasaje representa la desorganización en el corazón del libro de Deneen. El liberalismo no tiene la culpa del estado administrativo masivo y sus redes de agentes y funcionarios que coaccionan a las comunidades locales. Deneen es parte del problema que describe, defendiendo formas de pensar y organizar el comportamiento humano que socavan su esperanza de que se reaviven los valores tradicionales y los lazos familiares o de vecindad a nivel local.

Deneen expresa sus opiniones con una certeza tan enloquecedora que parece altivo y tendencioso, como un manqué celosamente anti-libertario con un hacha que moler. Carece de la delicadeza y la caridad con que los eruditos razonables de buena fe se acercan a sus oponentes ideológicos. No tiene en cuenta la posición de quienes, como yo, creen que el individualismo liberal es una condición necesaria para el florecimiento de las comunidades locales, el cultivo de la virtud y la responsabilidad, la formación de instituciones mediadoras y asociaciones políticas de abajo hacia arriba, y la descentralización y difusión del poder gubernamental. Simplemente no puede entender la posibilidad de que el individualismo liberal cree un vehículo para la preservación de las costumbres y el patrimonio, la unidad familiar y los vínculos sociales a nivel local.

«El estatismo permite el individualismo, el individualismo exige el estatismo» (p. 17), insiste Deneen con pocas pruebas más allá de sus propias teorías ahistóricas especulativas, irónicamente dado su llamado a «formas locales de resistencia más pequeñas: prácticas más que teorías». He aquí una propuesta alternativa: el individualismo liberal y los lazos comunitarios que genera se protegen mejor en una sociedad cristiana que es solemnemente consciente de la falibilidad de la mente humana, de las tendencias pecaminosas de la carne humana y de la imperfección inevitable de las instituciones humanas.

Leyendo Why Liberalism Failed, uno podría salir cuestionando no si Deneen tiene razón, sino si es lo suficientemente culto en la historia del liberalismo como para juzgar esta amplia y centenaria escuela de filosofía que surgió del cristianismo. Qué impresión tan desafortunada para alguien que escribe con tanto estilo sobre tendencias y figuras tan importantes! La realidad, creo, es que Deneen es erudito y culto. Su descripción tendenciosa del liberalismo es, por lo tanto, decepcionante por no poner en evidencia su erudición y su aprendizaje, por promover una visión idiosincrásica del liberalismo que, en última instancia, podría socavar el compromiso clásico y cristiano con la libertad que desea revitalizar.

  • 1.Frank Meyer, «Freedom, Tradition, Conservatism», en What is Conservatism? (Wilmington, Delaware: ISI Books, 2015), pág. 12.
  • 2.M. Stanton Evans, «A Conservative Case for Freedom», en What is Conservatism? (Wilmington, Delaware: ISI Books, 2015), pág. 86.
  • 3.F.A. Hayek, «Why I Am Not a Conservative»The Constitution of Liberty: The Definitive Editio, Vol 17, The Collected Works of F. A. Hayek(Routledge, 2013), p. 519.
  • 4.Ludwig von Mises, Liberalism in the Classical Tradition (1927) (The Foundation for Economic Education y Cobden Press, 2002) (Ralph Raico, trans.), pgs. xvi-xvii.

Review of Stephen Budiansky’s “Oliver Wendell Holmes Jr.”

In Academia, America, American History, American Literature, Arts & Letters, Book Reviews, Books, Historicism, History, Humanities, Jurisprudence, Law, liberal arts, Oliver Wendell Holmes Jr., Philosophy, Pragmatism, Scholarship, Western Philosophy on September 25, 2019 at 6:45 am

This review originally appeared here in Los Angeles Review of Books.

Do we need another biography of Oliver Wendell Holmes Jr., who served nearly 30 years as an Associate Justice of the United States Supreme Court and nearly 20 years before that on the Massachusetts Supreme Judicial Court? He has been the subject of numerous biographies since his death in 1935. We have not discovered new details about him since Harvard made his papers available to researchers in 1985, so why has Stephen Budiansky chosen to tell his story?

The answer may have to do with something Holmes said in The Common Law, his only book: “If truth were not often suggested by error, if old implements could not be adjusted to new uses, human progress would be slow. But scrutiny and revision are justified.”

Indeed, they are — both in the law and in the transmission of history. Holmes has been so singularly misunderstood by jurists and scholars that his life and thought require scrutiny and revision. Because his story is bound up with judicial methods and tenets — his opinions still cited regularly, by no less than the US Supreme Court as recently as this past term — we need to get him right, or at least “righter,” lest we fall into error, sending the path of the law in the wrong direction.

A veritable cottage industry of anti-Holmes invective has arisen on both the left and the right side of the political spectrum. No one, it seems, of any political persuasion, wants to adopt Holmes. He’s a giant of the law with no champions or defenders.

For some critics, Holmes is the paragon of states’ rights and judicial restraint who upheld local laws authorizing the disenfranchisement of blacks (Giles v. Harris, 1903) and the compulsory sterilization of individuals whom the state deemed unfit (Buck v. Bell, 1927). This latter decision he announced with horrifying enthusiasm: “Three generations of imbeciles are enough.” For other critics, he’s the prototypical progressive, decrying natural law, deferring to legislation that regulated economic activity, embracing an evolutionary view of law akin to living constitutionalism, and bequeathing most of his estate to the federal government.

The truth, as always, is more complicated than tendentious caricatures. Budiansky follows Frederic R. Kellogg — whose Oliver Wendell Holmes Jr. and Legal Logic appeared last year — in reconsidering this irreducible man who came to be known as the Yankee from Olympus.

Not since Mark DeWolfe Howe’s two-volume (but unfinished) biography, The Proving Years and The Shaping Years, has any author so ably rendered Holmes’s wartime service. Budiansky devotes considerable attention to this period perhaps because it fundamentally changed Holmes. Before the war, Holmes, an admirer of Ralph Waldo Emerson, gravitated toward abolitionism and volunteered to serve as a bodyguard for Wendell Phillips. He was appalled by a minstrel show he witnessed as a student. During the war, however, he “grew disdainful of the high-minded talk of people at home who did not grasp that any good the war might still accomplish was being threatened by the evil it had itself become.”

Holmes had “daddy issues” — who wouldn’t with a father like Oliver Wendell Holmes Sr., the diminutive, gregarious, vainglorious, and sometimes obnoxious celebrity, physician, and author of the popular “Breakfast Table” series in The Atlantic Monthly? — that were exacerbated by the elder Holmes’s sanctimonious grandstanding about his noble, valiant son. For the aloof father, the son’s military service was a status marker. For the son, war was gruesome, fearsome, and real. The son despised the father’s flighty ignorance of the on-the-ground realities of bloody conflict.

Holmes fought alongside Copperheads as well, a fact that might have contributed to his skepticism about the motives of the war and the patriotic fervor in Boston. His friend and courageous comrade Henry Abbott — no fan of Lincoln — died at the Battle of the Wilderness in a manner that Budianksy calls “suicidal” rather than bold. The war and its carnage raised Holmes’s doubts regarding “the morally superior certainty that often went hand in hand with belief: he grew to distrust, and to detest, zealotry and causes of all kinds.”

This distrust — this cynicism about the human ability to know anything with absolute certainty — led Holmes as a judge to favor decentralization. He did not presume to understand from afar which rules and practices optimally regulated distant communities. Whatever legislation they enacted was for him presumptively valid, and he would not impose his preferences on their government. His disdain for his father’s moralizing, moreover, may have contributed to his formulation of the “bad man” theory of the law. “If you want to know the law and nothing else,” he wrote, “you must look at it as a bad man, who cares only for the material consequences which such knowledge enables him to predict, not as a good one, who finds his reasons for conduct, whether inside the law or outside of it, in the vaguer sanctions of conscience.”

Budiansky’s treatment of Holmes’s experience as a trial judge — the Justices on the Massachusetts Supreme Judicial Court in those days presided over trials of first instance — is distinctive among the biographies. Budisansky avers,

[I]n his role as a trial justice, Holmes was on the sharp edge of the law, seeing and hearing firsthand all of the tangled dramas of the courtroom, sizing up the honesty of often conflicting witnesses, rendering decisions that had immediate and dramatic consequences — the breakup of families, financial ruin, even death — to the people standing right before him.

Holmes’s opinions as a US Supreme Court Justice have received much attention, but more interesting — perhaps because less known — are the salacious divorce cases and shocking murder trials he handled with acute sensitivity to evidence and testimony.

Budiansky skillfully summarizes Holmes’s almost 30-year tenure on the US Supreme Court, the era for which he is best known. He highlights Holmes’s dissenting opinions and his friendship with Justice Louis Brandeis, who was also willing to dissent from majority opinions — and with flair. For those looking for more detailed narratives about opinions Holmes authored as a Supreme Court Justice, other resources are available. Thomas Healy’s The Great Dissent, for example, dives more deeply into Holmes’s shifting positions on freedom of speech. Healy spends a whole book describing this jurisprudential development that Budiansky clears in one chapter.

Contemptuous of academics, Budiansky irrelevantly claims that “humorless moralizing is the predominant mode of thought in much of academia today.” He adds, “A more enduring fact about academic life is that taking on the great is the most reliable way for those who will never attain greatness themselves to gain attention for themselves.” Harsh words! Budianksy accuses the French historian Jules Michelet of rambling “on for pages, as only a French intellectual can.” Is this playful wit or spiteful animus? Is it even necessary?

Budiansky might have avoided occasional lapses had he consulted the academics he seems to despise. For instance, he asserts that the “common law in America traces its origins to the Middle Ages in England […] following the Norman invasion in 1066,” and that the “Normans brought with them a body of customary law that, under Henry II, was extended across England by judges of the King’s Bench who traveled on circuit to hold court.” This isn’t so. Writing in The Genius of the Common Law, Sir Frederick Pollock — “an English jurist,” in Budiansky’s words, “whose friendship with Holmes spanned sixty years” — mapped the roots of the common law “as far back as the customs of the Germanic tribes who confronted the Roman legions when Britain was still a Roman province and Celtic.” In other words, Budiansky is approximately one thousand years off. Rather than supplanting British customs, the Normans instituted new practices that complemented, absorbed, and blended with British customs.

The fact that Budiansky never mentions some of the most interesting researchers working on Holmes — Susan Haack, Seth Vannatta, and Catharine Wells come to mind — suggests willful ignorance, the deliberate avoidance of the latest scholarship. But to what end? For what reason?

It takes years of study to truly understand Holmes. The epigraph to Vannatta’s new edition, The Pragmatism and Prejudice of Oliver Wendell Holmes Jr., aptly encapsulates the complexity of Holmes’s thought with lines from Whitman’s Song of Myself: “Do I contradict myself? / Very well then I contradict myself, / (I am large, I contain multitudes.)” Budiansky recognizes, as others haven’t, that Holmes was large and contained multitudes. Holmes’s contradictions, if they are contradictions, might be explained by the famous dictum of his childhood hero, Emerson: “A foolish consistency is the hobgoblin of little minds.”

Holmes was consistently inconsistent. His mind was expansive, his reading habits extraordinary. How to categorize such a wide-ranging man? What were the defining features of his belief? Or did he, as Louis Menand has alleged, “lose his belief in beliefs”? Budiansky condenses Holmes’s philosophy into this helpful principle: “[T]hat none of us has all the answers; that perfection will never be found in the law as it is not to be found in life; but that its pursuit is still worth the effort, if only for the sake of giving our lives meaning.”

Holmes was intellectually humble, warning us against the complacency that attends certainty. Driving his methods was the sober awareness that he, or anyone for that matter, might be incorrect about some deep-seated conviction. During this time of polarized politics, self-righteous indignation, widespread incivility, and rancorous public discourse, we could learn from Holmes. How civil and respectful we could be if we all recognized that our cherished ideas and working paradigms might, at some level, be erroneous, if we were constantly mindful of our inevitable limitations, if we were searchers and seekers who refuse to accept, with utter finality, that we’ve figured it all out?

On Patrick Deneen’s “Why Liberalism Failed”

In Arts & Letters, Book Reviews, Books, Christianity, Conservatism, Historicism, History, Humane Economy, Humanities, Law, liberal arts, Liberalism, Libertarianism, Philosophy, Politics, Scholarship, Western Civilization, Western Philosophy on August 28, 2019 at 6:45 am

The original version of this piece appeared here in the Journal of Faith and the Academy. A later version appeared here at Mises Wire.

Only the bold would title a book Why Liberalism Failed. Patrick Deneen, the David A. Potenziani Memorial Associate Professor of Political Science at the University of Notre Dame, has done just that, proposing that such failure has actually occurred and setting the unreasonable expectation that he can explain it. His operative premise is that liberalism so called created the conditions for its inevitable demise—that it is a self-consuming, self-defeating ideology only around 500 years old. (p. 1) “Liberalism has failed,” he declares triumphantly, “not because it fell short, but because it was true to itself. It has failed because it has succeeded.” (p.3)

Deneen doesn’t define the term liberalism, which isn’t in his index even though it’s littered throughout the book. I have it on reliable authority that one of the peer reviewers of the pre-published manuscript recommended publication to the editors at Yale University Press, provided that Deneen cogently defined liberalism and then cleaned up his sloppy references to it. Deneen ignored this advice, leaving the manuscript as is. His genealogy of liberalism is all the more problematic in light of this refusal to clarify.

Deneen presents a seeming paradox, namely that liberalism, under the banner of liberty and emancipation, produced their opposite: a vast, progressive, and coercive administrative state under which individuals have grown alienated, amoral, dependent, conditioned, and servile. “[T]he political project of liberalism,” he claims, “is shaping us into the creatures of its prehistorical fantasy, which in fact required the combined massive apparatus of the modern state, economy, education system, and science and technology to make us into: increasingly separate, autonomous, nonrelational selves replete with rights and defined by our liberty, but insecure, powerless, afraid, and alone.” (p.16)

One hears in this line echoes of Sartre, and indeed existentialism recommends a certain kind of individualism: the freedom of the rational agent, having been thrust into existence through no choice or fault of his own, to will his own meaning in an absurd and chaotic world. But existentialism is a different species of individualism from that which motivated Hobbes, Locke, and Mill: chief targets of Deneen’s ire. It’s true that Mill disliked dogmatic conformity to custom, but that is a customary—one might even say conservative—position to take. One must preserve, or conserve, after all, a critical mode for undertaking difficult questions without assuming to have already ascertained all suitable solutions. Every age must rework its approaches to perennial problems. There’s plenty of Mill to dislike from a Christian perspective, but his unlikable conclusions do not necessarily follow from his method of inquiry or openness to examining afresh the puzzles and issues with which our ancestors struggled.

The classical liberalism or libertarianism to which Christian individualists adhere promotes peace, cooperation, coordination, collaboration, community, stewardship, ingenuity, prosperity, dignity, knowledge, understanding, humility, virtuousness, creativity, justice, ingenuity, and more, taking as its starting point the dignity of every human person before both God and humanity. This individualism prospers in fundamentally conservative cultures and does not square with Deneen’s caricature of a caricature of a caricature of “liberal” individualism. This conservative individualism, a creature of classical liberalism, advocates liberty in order to free human beings to achieve their fullest potential, cultivate widespread ethics and morality, and improve lives and institutions through economic growth and development. And who can deny that the market economy with which it is bound up has, throughout the globe, given rise to improved living conditions, technological and medical advances, scientific discovery, intellectual curiosity, and industrial innovation?

Deneen wishes to rewind the clock, to recover the virtuous “self-governance” of the ancients that, he believes, was predicated on “the common good.” (p. 99) He sees in antiquity a social rootedness that aligns with Christianity as exemplified in the modern world by Amish communities.(p 106-107) His celebration of the traditional liberal arts adopts, he says, “a classical or Christian understanding of liberty” (p. 129) that emphasizes situated norms and localities, embedded cultures, and institutional continuities. This, however, is a curious take on antiquity, one that flies in the face of the anti-Christian features of classical and ancient thought extolled by Friedrich Nietzsche, Ayn Rand, and Julius Evola, who valued the pagan elements of “the ancient commendation of virtue” (p. 165) and disparaged the modern world as being too Christian.

Deneen is not interested in liberalisms, i.e., the multiplicity of concepts that fly under the banner of liberalism. He prefers casually to lump together varieties of generic ills (everything from industrialized agriculture to the infatuation with STEM, diversity, multiculturalism, materialism, and sexual autonomy) as products of the one common enemy of everything good that the classical and medieval periods had to offer. He then gives that enemy a name: liberalism. He would plunge us back, if not into antiquity, then into medieval tribalism, into periods in which the accused were tried by ordeal or combat, when blood oaths and kinship rather than trust, goodwill, or economic exchange determined one’s loyalties and allegiances.

It isn’t correct that liberalism “requires liberation from all forms of associations and relationships, from family to church, from schools to village and community.” (p. 38) On the contrary, liberalism frees people from the tyrannical and institutionalized coercion that prevents them from enjoying local associations and relationships, including those in families, churches, schools, and communities. Liberalism properly understood empowers people to group themselves and define their experience by their own customs and mores. Thanks to liberalism, Deneen himself enjoys the freedom to critique the rapidly growing government that increasingly attempts to impose on him standards and rules at odds with his own.

Extending the individualism that characterized classical liberalism to twentieth century progressivism and modern identity politics, as Deneen does, is misguided. Modern identity politics is about collectivism in the name of self-definition, self-awareness, and self-constitution, about choosing which communities (Black Lives Matter, LGBTQ, the Democratic Socialists of America, neo-Nazis, etc.) embrace the physical (e.g. ethnic or racial), ideological (e.g., pan-nationalist, Marxist, ecosocialist, feminist, anarcho-syndicalist, white supremacist), or normative characteristics (e.g. social justice or egalitarianism) around which one forms group associations.

The truth is that individualism thrives in moral, virtuous communities, and that the common good and group associations flourish in societies that acknowledge and understand the inherent worth and dignity of every individual. Of the interdependence and mutually strengthening nature of freedom and order, of the individual and society, Frank Meyer proclaimed that “truth withers when freedom dies, however righteous the authority that kills it; and free individualism uninformed by moral value rots at its core and soon brings about conditions that pave the way for surrender to tyranny.”1 To those who insist that individualism is antithetical to religious belief, which is itself indispensable to conservatism and the common good, M. Stanton Evans stated, “affirmation of a transcendent order is not only compatible with individual autonomy, but the condition of it; […] a skeptical view of man’s nature [i.e., as inherently flawed and prone to sin] not only permits political liberty but demands it.”2

In a free society, entrepreneurs and producers are looking to others, to communities, to determine basic needs to satisfy. The rational self-interest motivating creativity and inventiveness is fundamentally about serving others more efficiently and effectively, about generating personal rewards, yes—but personal rewards for making life better and easier for others. The Adam Smith of The Wealth of Nations is the same Adam Smith of The Theory of Moral Sentiments. Human beings are wired both to look out for themselves, protecting their homes and loved ones, and to feel for, and empathize with, others. Beneficence and generosity are principal aspects of the liberal individualism that Deneen maligns.

The “second wave” of liberalism, in Deneen’s paradigm, is Progressivism. (p. 142) Yet modern progressivism and the Democratic Party have almost nothing to do with classical liberalism. Curiously and, I daresay, lazily, Deneen wishes to connect them. He cannot draw a clearly connecting line between them, however, because there isn’t one. The alleged connection is the supposed ambition “to liberate individuals from any arbitrary and unchosen relationships and remake the world into one in which those especially disposed to expressive individualism would thrive.” (p. 143–44) Should we take this assertion to mean that Deneen would prefer our relations and interactions to be arbitrarily coerced by a central power in a closed society where subordinated individuals habitually follow the unquestioned commands of established superiors?

F. A. Hayek once stated that, “[u]ntil the rise of socialism,” the opposite of conservatism was liberalism but that, in the United States, “the defender of the American tradition was a liberal in the European sense.”3 Is Deneen so immersed in American culture that he cannot recognize this basic distinction? Deneen prizes the common, collective good as manifest in local communities, blaming rational self-interest for the allegedly universalizing tendency of liberalism to stamp out venerable customs and cultural norms. But he seems befuddled by the American taxonomy into which liberalism has fallen and would do well to revisit the works of Ludwig von Mises, who explained, “In the United States ‘liberal’ means today a set of ideas and political postulates that in every regard are the opposite of all that liberalism meant to the preceding generations. The American self-styled liberal aims at government omnipotence, is a resolute foe of free enterprise, and advocates all-round planning by authorities, i.e., socialism.”4

A comparison of Deneen’s speculative political theory and its abstract narrative of decline with Larry Siedentop’s deeply historical, ideologically neutral Inventing the Individual (Belknap / Harvard, 2014) reveals critical flaws in Deneen’s argument, starting with the proposition that the individualism key to liberalism is merely 500 years old. Siedentop undercuts the common portrayal of a medieval Europe gripped by poverty and superstition, monarchy and tyranny, widespread corruption and early death from which the Renaissance and, later, the Enlightenment allegedly rescued us. Siedentop sees, instead, the rise of Christianity—long before medievalism—as the cause of the rise of liberal individualism, which, in fact, has roots in the teachings of St. Paul and Jesus Christ. Whereas Deneen theorizes individualism as recent and anti-Christian, Siedentop traces its actual history as distinctly Christian, mapping its concrete features over time as it proliferated and supplanted ancient pagan cultures and customs that lacked a structural understanding of the dignity and primacy of the human person.

Siedentop attributes liberal individualism to Christianity; Deneen treats liberal individualism as inimical to Christianity. Both men cannot correct, at least not fully.

Walking back some of his grand claims, Deneen acknowledges in his final pages that liberalism, in certain manifestations, has in fact been around longer than 500 years and that it has much in common with Christianity:

While liberalism pretended to be a wholly new edifice that rejected the political architecture of all previous ages, it naturally drew upon long developments from antiquity to the late Middle Ages. A significant part of its appeal was not that it was something wholly new but that it drew upon deep reservoirs of belief and commitment. Ancient political philosophy was especially devoted to the question of how best to avoid the rise of tyranny, and how best to achieve the conditions of political liberty and self-governance. The basic terms that inform our political tradition—liberty, equality, dignity, justice, constitutionalism—are of ancient pedigree. The advent of Christianity, and its development in the now largely neglected political philosophy of the Middle Ages, emphasized the dignity of the individual, the concept of the person, the existence of rights and corresponding duties, the paramount importance of civil society and a multiplicity of associations, and the concept of limited government as the best means of forestalling the inevitable human temptation toward tyranny. Liberalism’s most basic appeal was not its rejection of the past but its reliance upon basic concepts that were foundational to the Western political identity. (pp. 184–85)

Forgive me for being confused, but I thought Deneen had set out to criticize liberalism and chart its failure, not to exalt or defend it, and certainly not to tie it to an ancient lineage associated with Christianity. This passage represents the discombobulation at the heart of Deneen’s book. Liberalism is not to blame for the massive administrative state and its networks of agents and functionaries that coerce local communities. Deneen is part of the problem he describes, championing ways of thinking and organizing human behavior that undercut his hope for the reawakening of traditional values and familial or neighborly bonds on local levels.

Deneen airs his opinions with such maddening certitude that he comes across as haughty and tendentious, as a zealously anti-libertarian manqué with an axe to grind. He lacks the delicacy and charity with which reasonable scholars of good faith approach their ideological opponents. He does not entertain the position of those who, like me, believe that liberal individualism is a necessary condition for the flourishing of local communities, the cultivation of virtue and responsibility, the forming of mediating institutions and bottom-up political associations, and the decentralization and diffusion of government power. He just can’t grasp the possibility that liberal individualism creates a vehicle for the preservation of custom and heritage, the family unit, and social bonds on local levels.

“Statism enables individualism, individualism demands statism,” (p. 17) Deneen insists with little proof beyond his own ahistorical speculative theories—ironically given his call for “smaller, local forms of resistance: practicesmore than theories.” (pp. 19–20) Here’s an alternative proposition: liberal individualism and the community bonds it generates are best protected in a Christian society that is solemnly mindful of the fallibility of the human mind, the sinful tendencies of the human flesh, and the inevitable imperfection of human institutions.

Reading Why Liberalism Failed, one might come away questioning not whether Deneen is right, but whether he’s even sufficiently well-read in the history of liberalism to pass judgment on this wide-ranging, centuries-old school of philosophy that grew out of Christianity. What an unfortunate impression to impart for someone who writes with such flair about such important trends and figures. The reality, I think, is that Deneen is erudite and learned. His tendentious depiction of liberalism is thus disappointing for not putting his erudition and learning properly on display, for promoting an idiosyncratic take on liberalism that could ultimately undermine the classical and Christian commitment to liberty that he wishes to reinvigorate.

  • 1.Frank Meyer, “Freedom, Tradition, Conservatism,” in What is Conservatism? (Wilmington, Delaware: ISI Books, 2015), p. 12.
  • 2.M. Stanton Evans, “A Conservative Case for Freedom,” in What is Conservatism? (Wilmington, Delaware: ISI Books, 2015), p. 86.
  • 3.F. A. Hayek, “Why I Am Not a Conservative,” The Constitution of Liberty: The Definitive Edition, Vol 17, The Collected Works of F. A. Hayek(Routledge, 2013), p. 519.
  • 4.Ludwig von Mises, Liberalism in the Classical Tradition (1927) (The Foundation for Economic Education and Cobden Press, 2002) (Ralph Raico, trans.), pgs. xvi-xvii.

A (Mostly) Misbegotten Attempt to Take Scalia’s Measure

In Academia, Arts & Letters, Books, Conservatism, Essays, Humanities, Judicial Activism, Judicial Restraint, Jurisprudence, Law, Legal Education & Pedagogy, liberal arts, Politics, Scholarship on May 15, 2019 at 6:45 am

This review originally appeared here at Law & Liberty.

On Wednesday [editorial note: this review was published on February 11, 2019] it will be exactly three years since Justice Antonin Scalia passed away, yet his towering presence is still felt. Given the extent of his influence on legal education and his popularization of both originalism and textualism, it is no surprise to see a growing number of books and conferences addressing the importance of his legacy. One such book is The Conservative Revolution of Antonin Scalia, a collection of disparate essays edited by the political scientists David A. Schultz of Hamline University and Howard Schweber of the University of Wisconsin-Madison and published by Lexington Books.

No consensus view emerges from these wide-ranging essays on everything from Scalia’s contributions to administrative law to his Senate confirmation hearings. Nor are the essays  universally admiring. On the contrary, most of them are critical. “Was Antonin Scalia a sissy when it came to administrative law?” Schultz asks—unprofessionally, in my view. Mary Welek Atwell of Radford University scrutinizes Scalia’s opinions in cases about race and gender, highlighting his apparent “comfort” with the “patriarchal, hierarchical” elements of the Roman Catholic Church, and grandly declaring that Scalia “sympathized more with those who were trying to hold on to their privilege by excluding others than with those who sought to be included.”

Is that so? And is it so that Scalia, in the words of contributor Henry L. Chambers, Jr., of the University of Richmond School of Law, “read statutory text relatively simply”? What a relatively simple claim! Scalia’s Reading Law (2012), coauthored with Bryan Garner, outlines principles or canons for interpreting statutes and legal instruments; it has become a landmark in the field, having been cited in hundreds of cases and over a thousand law review articles in the seven years since its release. While it aims to simplify hermeneutics, providing sound methodological guidance to interpreters of legal texts, it is by no measure simple.

Scalia “might be our most Machiavellian Supreme Court justice,” the University of Wyoming law professor Stephen M. Feldman submits. “Scalia sneered, as was his wont,” he writes in an aside. Less ad hominem but equally breezy assertions by Feldman: that originalism “is most often applied in practice as a subterfuge for conservative conclusions,” and that, in any case, “Scalia’s implementation of originalism failed on multiple grounds.”

Most of the critiques in this book, in contrast to those just cited, are responsibly researched and tonally reserved. No reasonable person expects scholarly assessments of a controversial jurist’s legacy to be an exercise in hagiography. On the other hand, such assessments should avoid coming off like intemperate outbursts.

The 18 contributors come from a range of disciplines. Only three are law professors; two are professors of criminal justice; two are doctoral candidates; and one clerks for a federal judge. Equally diverse are the essays’ methodological approaches. The most distinctive belongs to Timothy R. Johnson, Ryan C. Black, and Ryan J. Owens, who in a coauthored chapter attempt to examine empirically—with graphs and figures—Scalia’s influence on the behavior of his Court colleagues during oral argument. Whether they succeed is a determination better left to experts in quantitative research.

Scalia the Liberal?

Coauthors Christopher E. Smith of Michigan State University and Charles F. Jacobs of St. Norbert College consider Scalia’s conservatism in the context of the criminal law. They do not define what they mean by “conservatism.” Before long one gathers that their understanding of it is woefully limited. They conclude, with apparent surprise, that “in nearly 1 in 6 decisions, Scalia cast his vote in support of criminal rights.” If Scalia’s method involved choosing results and then supplying reasoning to justify them, then perhaps some of his opinions regarding the Fourth Amendment might seem uncharacteristically “liberal.” Of course, Scalia’s originalism and textualism do not presuppose conclusions; they demand, instead, a rigorous process of determining the meaning and semantic context of written laws. This process may lead to “liberal” or “conservative” outcomes that do not align with a judge’s political preferences but that the words of the law necessarily require.

The process is conservative even when it yields “liberal” results.

“One might expect,” the editors say of the Smith-Jacobs chapter, “that as a political conservative Justice Scalia would have authored opinions that gave the greatest possible latitude to agents of government.” Such an obtuse claim is enough to cast doubt on Schultz and Schweber’s understanding of conservatism and, hence, of their ability to critique the claims about conservatism that one comes across throughout the book.

By contrast, the essay by Jesse Merriam of Loyola University Maryland, “Justice Scalia and the Legal Conservative Movement: An Exploration of Nino’s Neoconservatism,” stands out as historically informed on matters of conservatism—including the relationship between Scalia’s jurisprudence and the so-called conservative movement as represented by think tanks, politicos, journalists, and academics.

James Staab of the University of Central Missouri asks in the final chapter whether Antonin Scalia was a great Supreme Court justice. Staab answers no, basing his finding on seven factors:

  1. “length of service, including the production of a large body of respected judicial work”;
  2. “judicial craftsmanship, or the ability to communicate clearly and memorably in writing”;
  3. “influence, or whether the judge left an indelible mark on the law”;
  4. “judicial temperament, or the qualities of being dispassionate and even-tempered”;
  5. “impartiality, or the qualities of disinterestedness and maintaining a strict detachment from partisan activities”;
  6. “vision of the judicial function, or the proper role of judges in a constitutional democracy”; and
  7. “game changers, or whether the judge foreshadowed the future direction of the law and was on the right side of history.”

This factoring raises the expectation of a quantitative methodology, yet the chapter lacks any mathematical analysis. Regarding the first criterion, Staab simply offers several paragraphs about Scalia’s years of service and many opinions, discusses the jurist’s extrajudicial writings, and then declares: “In sum, the body of judicial work produced by Scalia is truly impressive. It is safe to say that he easily satisfies the first criteria [sic] of what constitutes a great judge.”

Regarding the second criterion, Staab mentions Scalia’s oft-celebrated writing skills and then lists some of the many memorable Scalia opinions, deducing from this evidence that “Scalia again receives the highest of remarks.” He adds that the quality of Scalia’s opinions “has sometimes been compared to those of Holmes, Cardozo, and Robert Jackson—a comparison I would agree with.” Why should Staab’s agreement or disagreement have any bearing? Where are the statistical and computational values that back up his personal judgments? Staab sounds like someone unconvincingly pretending to do quantitative research. Are his factors the best measure of greatness?

The Vagaries of Balancing Tests

What of Staab’s negative verdicts? He questions Scalia’s temperament and collegiality, pointing to his “strident dissenting opinions” and “no-holds-barred opinions.” These opinions, says Staab, “struck a partisan tone,” and the jurist’s association with the Federalist Society (gasp!) “compromised his impartiality.” Staab suggests that Scalia should have recused himself in Hamdan v. Rumsfeld (2006) and Cheney v. United States District Court (2004). He qualifies as “unprincipled” Scalia’s opinions in the areas of the veto power, state sovereign immunity, the incorporation doctrine, regulatory takings, and affirmative action. He alleges that a “major problem for Justice Scalia’s legacy is that his originalist jurisprudence was on the wrong side of history” in the sense that several of his views did not win out. Scalia was forced to dissent in controversial cases with sweeping results for the country.

Staab’s checklist reminds me of the Scalia line about the utility of balancing tests, or the lack thereof. “The scale analogy is not really appropriate,” he wrote in Bendix Autolite Corporation v. Midwesco Enterprises(1988), “since the interests on both sides are incommensurate. It is more like judging whether a particular line is longer than a particular rock is heavy.”

Whatever criteria you use to evaluate greatness, this edition is unlikely to qualify.

What Can Libertarians Contribute to the Study of Literature?

In Arts & Letters, higher education, Humane Economy, Humanities, liberal arts, Liberalism, Libertarianism, Literary Theory & Criticism, Literature, Pedagogy, Philosophy, Politics, Scholarship, Western Philosophy on April 10, 2019 at 6:45 am

Cultural Marxism is Real

In Academia, Arts & Letters, Books, History, Humanities, liberal arts, Literary Theory & Criticism, Literature, Pedagogy, Philosophy, Scholarship, The Academy, Western Philosophy on March 27, 2019 at 6:45 am

This piece originally appeared here at the James G. Martin Center for Academic Renewal.

Samuel Moyn, a Yale law professor, recently asked, “What is ‘cultural Marxism?’” His answer: “Nothing of the kind actually exists.” Moyn attributes the term cultural Marxism to the “runaway alt-right imagination,” claiming that it implicates zany conspiracy theories and has been “percolating for years through global sewers of hatred.”

Alexander Zubatov, an attorney writing in Tabletcountered that the “somewhat unclear and contested” term cultural Marxism “has been in circulation for over forty years.” It has, moreover, “perfectly respectable uses outside the dark, dank silos of the far right.” He concluded that cultural Marxism is neither a “conspiracy” nor a “mere right-wing ‘phantasmagoria,’” but a “coherent intellectual program, a constellation of dangerous ideas.”

In this debate, I side with Zubatov.  Here’s why.

Despite the bewildering range of controversies and meanings attributed to it, cultural Marxism (the term and the movement) has a deep, complex history in Theory. The word “Theory” (with a capital T) is the general heading for research within the interpretative branches of the humanities known as cultural and critical studies, literary criticism, and literary theory—each of which includes a variety of approaches from the phenomenological to the psychoanalytic. In the United States, Theory is commonly taught and applied in English departments, although its influence is discernable throughout the humanities.

A brief genealogy of different schools of Theory—which originated outside English departments, among philosophers and sociologists for example, but became part of English departments’ core curricula—shows not only that cultural Marxism is a nameable, describable phenomenon, but also that it proliferates beyond the academy.

Scholars versed in Theory are reasonably suspicious of crude, tendentious portrayals of their field. Nevertheless, these fields retain elements of Marxism that, in my view, require heightened and sustained scrutiny. Given estimates that communism killed over 100 million people, we must openly and honestly discuss those currents of Marxism that run through different modes of interpretation and schools of thought. To avoid complicity, moreover, we must ask whether and why Marxist ideas, however attenuated, still motivate leading scholars and spread into the broader culture.

English departments sprang up in the United States in the late 19th and early 20th century, ushering in increasingly professionalized studies of literature and other forms of aesthetic expression. As English became a distinct university discipline with its own curriculum, it moved away from the study of British literature and canonical works of the Western tradition in translation, and toward the philosophies that guide textual interpretation.

Although a short, sweeping survey of what followed may not satisfy those in the field, it provides others with the relevant background.

The New Criticism

The first major school to establish itself in English departments was the New Criticism. Its counterpart was Russian formalism, characterized by figures like Victor Shklovsky and Roman Jakobson, who attempted to distinguish literary texts from other texts, examining what qualities made written representations poetic, compelling, original, or moving rather than merely practical or utilitarian.

One such quality was defamiliarization. Literature, in other words, defamiliarizes language by using sound, syntax, metaphor, alliteration, assonance, and other rhetorical devices.

The New Criticism, which was chiefly pedagogical, emphasized close reading, maintaining that readers searching for meaning must isolate the text under consideration from externalities like authorial intent, biography, or historical context. This method is similar to legal textualism whereby judges look strictly at the language of a statute, not to legislative history or intent, to interpret the import or meaning of that statute. The New Critics coined the term “intentional fallacy” to refer to the search for the meaning of a text anywhere but in the text itself. The New Criticism is associated with John Crowe Ransom, Cleanth Brooks, I. A. Richards, and T.S. Eliot. In a way, all subsequent schools of Theory are responses or reactions to the New Criticism.

Structuralism and Post-Structuralism

Structuralism permeated French intellectual circles in the 1960s. Through structuralism, thinkers like Michel Foucault, Jacques Lacan, Julia Kristeva, and Louis Althusser imported leftist politics into the study of literary texts. Structuralism is rooted in the linguistics of Ferdinand de Saussure, a Swiss linguist who observed how linguistic signs become differentiated within a system of language. When we say or write something, we do it according to rules and conventions in which our anticipated audience also operates. The implied order we use and communicate in is the “structure” referred to in structuralism.

The French anthropologist Claude Levi-Strauss extended Saussure’s ideas about the linguistic sign to culture, arguing that the beliefs, values, and characteristic features of a social group function according to a set of tacitly known rules. These structures are “discourse,” a term that encompasses cultural norms and not just language practices.

Out of structuralism and post-structuralism emerged Structural Marxism, a school of thought linked to Althusser that analyzes the role of the state in perpetuating the dominance of the ruling class, the capitalists.

Marxism and Neo-Marxism

In the 1930s and 1940s, the Frankfurt School popularized the type of work usually labeled as “cultural Marxism.” Figures involved or associated with this school include Erich Fromm, Theodore Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, and Walter Benjamin. These men revised, repurposed, and extended classical Marxism by emphasizing culture and ideology, incorporating insights from emerging fields such as psychoanalysis, and researching the rise of mass media and mass culture.

Dissatisfied with economic determinism and the illusory coherence of historical materialism—and jaded by the failures of socialist and communist governments—these thinkers retooled Marxist tactics and premises in their own ways without entirely repudiating Marxist designs or ambitions.

Beginning in the 1960s and 1970s, scholars like Terry Eagleton and Fredric Jameson were explicit in embracing Marxism. They rejected the New Critical approaches that divorced literature from culture, stressing that literature reflected class and economic interest, social and political structures, and power. Accordingly, they considered how literary texts reproduced (or undermined) cultural or economic structures and conditions.

Slavoj Žižek arguably has done more than any member of the Frankfurt School to integrate psychoanalysis into Marxist variants. “Žižek’s scholarship holds a particularly high place within cultural criticism that seeks to account for the intersections between psychoanalysis and Marxism,” wrote the scholar Erin Labbie.[1] She added, “Žižek’s prolific writings about ideology, revealing the relationships between psychoanalysis and Marxism, have altered the way in which literary and cultural criticism is approached and accomplished to the extent that most scholars can no longer hold tightly to the former notion that the two fields are at odds.”[2] Žižek is just one among many continental philosophers whose Marxist and Marxist-inflected prognostications command the attention of American academics. 

Deconstruction

Jacques Derrida is recognized as the founder of deconstruction. He borrowed from Saussure’s theory that the meaning of a linguistic sign depends on its relation to its opposite, or to things from which it differs. For instance, the meaning of male depends on the meaning of female; the meaning of happy depends on the meaning of sad; and so forth. Thus, the theoretical difference between two opposing terms, or binaries, unites them in our consciousness. And one binary is privileged while the other is devalued. For example, “beautiful” is privileged over “ugly,” and “good” over “bad.”

The result is a hierarchy of binaries that are contextually or arbitrarily dependent, according to Derrida, and cannot be fixed or definite across time and space. That is because meaning exists in a state of flux, never becoming part of an object or idea.

Derrida himself, having re-read The Communist Manifesto, recognized the “spectral” furtherance of a “spirit” of Marx and Marxism.[3] Although Derrida’s so-called “hauntology” precludes the messianic meta-narratives of unfulfilled Marxism, commentators have salvaged from Derrida a modified Marxism for the climate of today’s “late capitalism.”

Derrida used the term diffèrance to describe the elusive process humans use to attach meaning to arbitrary signs, even if signs—the codes and grammatical structures of communication—cannot adequately represent an actual object or idea in reality. Derrida’s theories had a broad impact that enabled him and his followers to consider linguistic signs and the concepts created by those signs, many of which were central to the Western tradition and Western culture. For example, Derrida’s critique of logocentrism contests nearly all philosophical foundations deriving from Athens and Jerusalem. 

New Historicism

New Historicism, a multifaceted enterprise, is associated with Shakespearean scholar Stephen Greenblatt. It looks at historical forces and conditions with a structuralist and post-structuralist eye, treating literary texts as both products of and contributors to discourse and discursive communities. It is founded on the idea that literature and art circulate through discourse and inform and destabilize cultural norms and institutions.

New historicists explore how literary representations reinforce power structures or work against entrenched privilege, extrapolating from Foucault’s paradox that power grows when it is subverted because it is able to reassert itself over the subversive person or act in a show of power. Marxism and materialism often surface when new historicists seek to highlight texts and authors (or literary scenes and characters) in terms of their effects on culture, class, and power. New historicists focus on low-class or marginalized figures, supplying them with a voice or agency and giving them overdue attention. This political reclamation, while purporting to provide context, nevertheless risks projecting contemporary concerns onto works that are situated in a particular culture and historical moment.

In the words of literary critic Paul Cantor, “There is a difference between political approaches to literature and politicized approaches, that is, between those that rightly take into account the centrality of political concerns in many literary classics and those that willfully seek to reinterpret and virtually recreate class works in light of contemporary political agendas.”[4]

Cultural Marxism Is Real

Much of the outcry about cultural Marxism is outrageous, uninformed, and conspiratorial. Some of it simplifies, ignores, or downplays the fissures and tensions among leftist groups and ideas. Cultural Marxism cannot be reduced, for instance, to “political correctness” or “identity politics.” (I recommend Andrew Lynn’s short piece “Cultural Marxism” in the Fall 2018 issue of The Hedgehog Review for a concise critique of sloppy and paranoid treatments of cultural Marxism.)

Nevertheless, Marxism pervades Theory, despite the competition among the several ideas under that broad label. Sometimes this Marxism is self-evident; at other times, it’s residual and implied. At any rate, it has attained a distinct but evolving character as literary scholars have reworked classical Marxism to account for the relation of literature and culture to class, power, and discourse.

Feminism, gender studies, critical race theory, post-colonialism, disability studies—these and other disciplines routinely get pulled through one or more of the theoretical paradigms I’ve outlined. The fact that they’re guided by Marxism or adopt Marxist terms and concepts, however, does not make them off-limits or unworthy of attention.

Which brings me to a warning: Condemning these ideas as forbidden, as dangers that corrupt young minds, might have unintended consequences. Marxist spinoffs must be studied to be comprehensively understood. Don’t remove them from the curriculum: contextualize them, challenge them, and question them. Don’t reify their power by ignoring or neglecting them.

Popular iterations of cultural Marxism reveal themselves in the casual use of terms like “privilege,” “alienation,” “commodification,” “fetishism,” “materialism,” “hegemony,” or “superstructure.” As Zubatov wrote for Tablet, “It is a short step from Gramsci’s ‘hegemony’ to the now-ubiquitous toxic memes of ‘patriarchy,’ ‘heteronormativity,’ ‘white supremacy,’ ‘white privilege,’ ‘white fragility,’ ‘and whiteness.’” He adds, “It is a short step from the Marxist and cultural Marxist premise that ideas are, at their core, expressions of power to rampant, divisive identity politics and the routine judging of people and their cultural contributions based on their race, gender, sexuality and religion.”

My brief summary is merely the simplified, approximate version of a much larger and more complex story, but it orients curious readers who wish to learn more about cultural Marxism in literary studies. Today, English departments suffer from the lack of a clearly defined mission, purpose, and identity. Having lost rigor in favor of leftist politics as their chief end of study, English departments at many universities are jeopardized by the renewed emphasis on practical skills and jobs training. Just as English departments replaced religion and classics departments as the principal places to study culture, so too could future departments or schools replace English departments.

And those places may not tolerate political agitations posturing as pedagogical technique.

The point, however, is that cultural Marxism exists. It has a history, followers, adherents, and left a perceptible mark on academic subjects and lines of inquiry. Moyn may wish it out of existence, or dismiss it as a bogeyman, but it is real. We must know its effects on society, and in what forms it materializes in our culture. Moyn’s intemperate polemic demonstrates, in fact, the urgency and importance of examining cultural Marxism, rather than closing our eyes to its meaning, properties, and significance.

 

[1] Erin F. Labbie, “Žižek Avec Lacan: Splitting the Dialectics of Desire,” Slovene Studies, Vol. 25 (2003), p. 23.

[2] Ibid.

[3] Jacques Derrida, Specters of Marx (Peggy Kamuf, trans.) (New York and London: Routledge, 1994), p. 3-4.

[4] Paul Cantor, “Shakespeare—‘For all time’?” The Public Interest, Issue 110 (1993), p. 35.

Interview with the James G. Martin Center regarding English Departments, Higher Education, Marxism, and Legal Education

In Arts & Letters, Economics, higher education, History, Humane Economy, Humanities, Law, Law School, Legal Education & Pedagogy, liberal arts, Literary Theory & Criticism, Literature, Pedagogy, Philosophy, Scholarship, Western Philosophy on March 13, 2019 at 6:45 am

Seth Vannatta’s Justice Holmes

In American History, Arts & Letters, Books, Conservatism, History, Humanities, Jurisprudence, Law, Philosophy, Pragmatism, Scholarship, Western Philosophy on March 6, 2019 at 6:45 am

Seth Vannatta identifies the common law as a central feature of the jurisprudence of former United States Supreme Court justice Oliver Wendell Holmes, Jr. Holmes treated the common law as if it were an epistemology or a reliable mode for knowledge transmission over successive generations. Against the grand notion that the common law reflected a priori principles consistent with the natural law, Holmes detected that the common law was historical, aggregated, and evolutionary, the sum of the concrete facts and operative principles of innumerable cases with reasonable solutions to complex problems. This view of the common law is both conservative and pragmatic.

Vannatta’s analysis of Holmes opens new directions for the study of conservatism and pragmatism—and pragmatic conservatism—demonstrating that common-law processes and practices have much in common with the form of communal inquiry championed by C.S. Peirce. For more on this subject, download “Seth Vannatta’s Justice Holmes,” which appeared in the journal Contemporary Pragmatism in the fall of 2018.

La defensa de Hayek de las comunidades descentralizadas

In Arts & Letters, Christianity, Conservatism, Economics, Essays, Humane Economy, Humanities, Jurisprudence, Law, liberal arts, Libertarianism, Philosophy, Politics, Religion, Scholarship, Southern History, Southern Literature, The South, Transnational Law, Western Philosophy on January 30, 2019 at 6:45 am

Originally published (and translated into Spanish) here at Mises Wire.

Mi charla de hoy trata sobre descentralización y epistemología. Para comenzar, deseo rechazar cualquier experiencia especializada en este tema. Soy un abogado de formación que ama la literatura y obtuvo un doctorado en inglés. Sería una exageración llamarme un filósofo o un teórico político, por lo tanto, esta declaración de responsabilidad de anclaje me impide navegar en los mares filosóficos.

He dividido mi argumento, tal como es, en dos partes: lo impersonal y lo personal. El primero es un caso filosófico de descentralización; el último involucra consideraciones privadas sobre relaciones humanas íntimas en torno a las cuales las comunidades de propósito común se organizan y conducen. Al final, los dos enfoques se refuerzan mutuamente y producen, espero, consideraciones benévolas y humanas. Sin embargo, presentarlos como señales separadas a diferentes audiencias cuya tolerancia a la apelación de los sentimientos puede variar.

Lo impersonal

El argumento impersonal se reduce a esto: los sistemas descentralizados de orden son más eficientes y, por lo tanto, más deseables, porque explican y responden mejor al conocimiento disperso en diversas comunidades con costumbres, ambiciones y valores únicos. Los sistemas de abajo hacia arriba, heterogéneos y gobernados por instituciones locales que reflejan el conocimiento, el talento y las opciones nativas sirven a la humanidad con mayor eficacia que los sistemas de arriba a abajo centralizados que no responden a las normas y costumbres locales.

La ley policéntrica, o policentrismo, es el término que uso para describir este arreglo organizativo. Otros nombres que se sugieren no expresan el dinamismo del policentrismo. El federalismo, por ejemplo, confunde debido a su asociación con los primeros federalistas estadounidenses. Además, presupone, incluso en su articulación por parte de los antifederalistas inadecuadamente denominados, una autoridad central demasiado fuerte, en mi opinión, debajo de la cual las autoridades locales sostienen que son subordinados iguales. El localismo, por su parte, sufre de asociaciones con políticas económicas proteccionistas y anticompetitivas. Otros nombres, como confederación, ciudad-estado o anarcocapitalismo, también tienen sus inconvenientes.

Así que me quedo con el policentrismo como la etiqueta operativa para el sistema de trabajo de las autoridades pequeñas y plurales que busco describir. El principal valor de este sistema es su propensión a moderar y verificar la ambición natural y el orgullo que lleva a los humanos no solo a las aspiraciones de poder y grandeza, sino también a las instituciones coercitivas y las maquinaciones que inhiben la organización voluntaria de los individuos en torno a normas y costumbres compartidas. Un orden policéntrico óptimo consiste en múltiples jurisdicciones en competencia de escala humana y razonable, cada una con sus propios poderes divididos que impiden la consolidación de la autoridad en la forma de un gobernante o tirano supremo (o, más probablemente en nuestra época, de un directivo, administrativo, y burocrático Estado) y cada uno con un documento escrito que describe las reglas e instituciones que rigen al mismo tiempo que afirma un compromiso central con objetivos comunes y una misión orientadora. Sin embargo, hablar de un orden policéntrico óptimo es problemático, porque los órdenes policéntricos permiten que distintas comunidades seleccionen y definan por sí mismas el conjunto operativo de reglas e instituciones que cumplen con sus principales ideales y principios favorecidos.

La teoría de precios de F.A. Hayek proporciona un punto de partida útil para analizar los beneficios de los modos de ordenamiento humano descentralizados y de abajo hacia arriba que representan el policentrismo. Esta teoría sostiene que el conocimiento está disperso en toda la sociedad e incapaz de ser comprendido por una sola persona o grupo de personas; por lo tanto, la planificación económica centralizada fracasa inevitablemente porque no puede evaluar o calcular con precisión las necesidades sentidas y las actividades coordinadas de personas lejanas en comunidades dispares; solo en una economía de mercado donde los consumidores compran y venden libremente de acuerdo con sus preferencias únicas, los precios confiables se revelarán gradualmente.

La teoría del conocimiento de Hayek se basa en la falibilidad y las limitaciones de la inteligencia humana. Debido a que la complejidad del comportamiento y la interacción humana excede la capacidad de una mente o grupo de mentes para comprenderla por completo, la coordinación humana requiere deferencia a órdenes emergentes o espontáneas, arraigadas en la costumbre, que se adaptan a las necesidades y preferencias dinámicas y en evolución de los consumidores cotidianos. La articulación de la teoría de los precios de Hayek contempla la sabiduría colectiva y agregada, es decir, el conocimiento incorpóreo o incorporado, y advierte contra los grandes diseños basados ​​en la supuesta experiencia de una clase selecta de personas.

Michael Polanyi, otro político y un ardiente antimarxista, expuso teorías relacionadas sobre el policentrismo, el orden espontáneo, la planificación central y el conocimiento, pero se centró menos en la teoría económica y más en el descubrimiento científico, la investigación independiente y el intercambio libre y sistemático de investigación e ideas. Desde su punto de vista, el avance científico no procedió a medida que avanza la construcción de una casa, es decir, de acuerdo con un plan o diseño fijo, sino mediante un proceso análogo a, en sus palabras, “la disposición ordenada de las células vivas que constituyen un organismo pluricelular.” 1 “A lo largo del proceso de desarrollo embrionario”, explicó, “cada célula persigue su propia vida, y sin embargo cada una ajusta su crecimiento al de sus vecinos para que emerja una estructura armoniosa del agregado.”2 “Esto”, concluyó, “es exactamente cómo cooperan los científicos: ajustando continuamente su línea de investigación a los resultados alcanzados hasta la fecha por sus colegas científicos”.3

Polanyi trabajó para demostrar que “la planificación central de la producción” era “estrictamente imposible”4 y que “las operaciones de un sistema de orden espontáneo en la sociedad, como el orden competitivo de un mercado, no pueden ser reemplazadas por el establecimiento de una agencia de pedidos deliberada.”5 Describió las ineficiencias de las estructuras organizativas puramente jerárquicas dentro de las cuales la información se eleva desde la base, mediada sucesivamente por niveles posteriores de autoridad más altos, llegando finalmente a la cima de una pirámide, a una autoridad suprema, que luego centraliza dirige todo el sistema, comandando las órdenes hacia la base. Este proceso complejo, además de ser ineficiente, es susceptible de desinformación, y de una falta de conocimiento confiable en el terreno de las circunstancias relevantes.

Si bien Polanyi señala casos mundanos de ordenación espontánea, como pasajeros en estaciones de tren, sin dirección central, parados en plataformas y ocupando asientos en los trenes, 6 también examina formas más complejas de adaptación de comportamiento a las interacciones interpersonales que, a lo largo del tiempo y a través de la repetición, emerge como hábitos y reglas entendidos tácitamente que ganan aceptación por parte del cuerpo corporativo más grande.

La centralización concentra el poder en menos personas en espacios más pequeños, mientras que la descentralización divide y distribuye el poder entre vastas redes de personas en espacios más amplios. Bajo el gobierno centralizado, las personas buenas que disfrutan del poder pueden, en teoría, lograr rápidamente el bien, pero las personas malvadas que disfrutan del poder pueden lograr rápidamente el mal. Debido a los peligros inherentes y apócrifos de esta última posibilidad, el gobierno centralizado no debe ser preferido. Nuestras tendencias como humanos son catastróficas, afirmándose a sí mismas en los comportamientos pecaminosos que ambos elegimos y no podemos ayudar. Hay, además, en un rango considerable de asuntos, desacuerdos sobre lo que constituye lo malo y lo bueno, lo malo y lo virtuoso. Si las preguntas sobre la maldad o la bondad, el mal y la virtuosidad se resuelven de forma simple o apresurada en favor del poder central, las comunidades resistentes (amenazadas, marginadas, silenciadas y coaccionadas) ejercerán finalmente su agencia política, movilizándose en alianzas insurreccionales para socavar la central. poder. Por lo tanto, el poder centralizado aumenta la probabilidad de violencia a gran escala, mientras que el gobierno descentralizado reduce los conflictos a niveles locales donde tienden a ser menores y compensadores.

Las órdenes policéntricas producen comunidades auto-constituidas que se regulan a través de las instituciones mediadoras que han erigido voluntariamente para alinearse con sus valores, tradiciones y prioridades. Su alcance y escala prácticos les permiten gobernarse a sí mismos de acuerdo con reglas vinculantes que generalmente son aceptables para la mayoría dentro de su jurisdicción.

Un hombre solo en el desierto es vulnerable a las amenazas. Sin embargo, cuando entra en la sociedad, se combina con otros que, con intereses comunes, se sirven y protegen mutuamente de amenazas externas. Si la sociedad crece y se materializa en vastos estados o gobiernos, las personas que viven en ella pierden su sentido de propósito común, su deseo de unirse para el beneficio y la protección mutuos. Surgen facciones y clases, cada una compitiendo por el poder. Las personas en las que supuestamente reside la soberanía del poder central pueden perder su poder y ser marginadas a medida que prolifera la red de funcionarios burocráticos. Las personas son desplazadas por armas y agencias del poder central. Aunque no se puede lograr progreso sin una competencia constructiva entre los grupos rivales, las sociedades no pueden prosperar cuando sus habitantes no comparten un sentido fundamental de identidad y propósito común.

El poder centralizado a primera vista puede parecer más eficiente porque su proceso de toma de decisiones no es complejo, ya que consiste en comandos de arriba hacia abajo para subordinados. Teóricamente, y solo teóricamente, la máxima eficiencia se podría lograr si todo el poder fuera poseído por una sola persona. Pero, por supuesto, en realidad, ninguna persona puede proteger su poder de amenazas externas o insubordinación interna. De hecho, la concentración de poder en una persona invita al disenso y la insurrección. Después de todo, es más fácil derrocar a una persona que derrocar a muchas. Por lo tanto, en la práctica, el poder centralizado requiere la autoridad suprema para construir burocracias de agentes y funcionarios de manera leal y diligente para instituir su directiva de arriba hacia abajo

Pero, ¿cómo genera el poder central un sentido de lealtad y deber entre estos subordinados? A través del patrocinio y los favores políticos, las pensiones, la búsqueda de rentas, el tráfico de influencias, las inmunidades, el compañerismo, el injerto, en definitiva, fortaleciendo el impulso humano para el auto-engrandecimiento, elevando a personas y grupos seleccionados a posiciones privilegiadas a expensas extraordinarias para personas o consumidores comunes. En consecuencia, la centralización como una forma de organización humana incentiva la corrupción, la mala conducta y la deshonestidad mientras se construyen redes complicadas de funcionarios costosos a través de los cuales se media y se distorsiona la información. El resultado es una corrupción generalizada, malentendidos e ineficiencia.

Incluso asumiendo arguendo de que la autoridad concentrada es más eficiente, facilitaría la capacidad de llevar a cabo el mal, así como el bien. Los supuestos beneficios del poder consolidado presuponen una autoridad suprema benevolente con un amplio conocimiento de las circunstancias nativas. Los posibles beneficios que se puedan obtener a través de una toma de decisiones hipotéticamente rápida se ven compensados ​​por los daños potenciales resultantes de la implementación de la decisión como ley vinculante. El conocimiento limitado y falible en el que se basa la decisión amplifica el daño resultante más allá de lo que podría haber sido en un sistema descentralizado que localiza el poder y por lo tanto disminuye la capacidad de las personas malas para causar daño.

Por lo tanto, la eficiencia, en su caso, de las órdenes de mando y la política de establecimiento de un modelo de arriba hacia abajo se neutraliza por las ineficiencias resultantes y las consecuencias perjudiciales que podrían haberse evitado si los planificadores centrales no hubieran presupuesto el conocimiento de las circunstancias locales. En ausencia de una autoridad de compensación, cualquier poder centralizado puede, sin justa causa, coaccionar y molestar a hombres y mujeres pacíficos en contravención de sus distintas leyes y costumbres. Naturalmente, estos hombres y mujeres, combinados como comunidades resistentes, disputarán una tiranía injustificada e indeseada que amenaza su forma de vida y la comprensión de la comunidad. La perturbación de la armonía social y la reacción violenta contra la coerción injustificada hacen ineficientes las operaciones supuestamente eficientes del poder central.

Después de una larga consideración, se hace evidente que, después de todo, los modos centralizados de poder no son más eficientes, que de hecho son contrarios a la libertad y la virtud en comparación con sus alternativas descentralizadas. Pero esa no es la única razón por la cual el modelo descentralizado es superior.

El personal

No disfrutas del buen vino simplemente hablando y pensando en él, sino bebiéndolo, olfateando sus aromas, girándolo en tu vaso, mojando tu lengua y cubriendo tu boca con él. Una verdadera apreciación del vino es experiencial, basada en el placer repetido de probar y consumir diferentes variedades de uva con sus componentes de sabor distintivo. La mayoría de las personas desarrollan sus amores y prioridades de esta manera. No aman las abstracciones, pero aman a sus vecinos, familias y amigos. Priorizan los temas que les son cercanos y diarios. Lo han hecho desde muy temprana edad. “Es dentro de las familias y otros arreglos institucionales característicos de la vida del vecindario, la aldea y la comunidad que la ciudadanía se aprende y se practica para la mayoría de las personas la mayor parte del tiempo”, dijo Vincent 7Ostrom. “El primer orden de prioridad en el aprendizaje del oficio de ciudadanía aplicado a los asuntos públicos”, agregó, “debe enfocarse en cómo hacer frente a los problemas en el contexto de la familia, el vecindario, la aldea y la comunidad. Aquí es donde las personas adquieren los rudimentos para autogobernarse, aprendiendo cómo vivir y trabajar con los demás”.8

Aprendí a aceptar la derrota, no de las campañas electorales nacionales, las guerras en el extranjero o los bancos demasiado grandes para quebrar que fracasaron, sino del béisbol de ligas menores, cuando mi equipo de tercer grado, los Cardenales, perdió en las semifinales, y cuando mi equipo de baloncesto de primer año perdió en la final. Todavía sueño con ese campeonato de baloncesto. Mi entrenador me había puesto en el juego con el único propósito de disparar triples, mi especialidad, pero la defensa me hizo un doble equipo. No pude conseguir un disparo claro. Cada vez que pasaba el balón, mi entrenador gritaba “no” y me ordenaba que disparara. A principios de la temporada, antes de que supiera mi habilidad detrás de la línea de tres puntos, gritó “no” cada vez que tomaba un tiro.

Aprendí sobre la injusticia cuando mi maestra de primer grado me castigó de una manera desproporcionada con mi presunta ofensa, que hasta el día de hoy niego haber cometido, y sobre la gracia y la misericordia cuando mi madre me perdonó, sin siquiera un azote. Por una ofensa que había cometido definitivamente.

Aprendí sobre Dios y la fe mientras desayunaba en la mesa de la cocina de mi abuela. Ella mantuvo una Biblia sobre la mesa al lado de una estantería llena de textos sobre temas y enseñanzas cristianas. En el centro de la mesa había un pequeño frasco de versículos de la Biblia. Recuerdo que metí la mano en el frasco y saqué versos, uno tras otro, fin de semana tras fin de semana, leyéndolos y luego discutiendo con ella cuál podría ser su significado. Este modo de aprendizaje fue íntimo, práctico y me preparó para experimentar a Dios por mí mismo, para estudiar Su palabra y descubrir mis creencias acerca de Él cuando más tarde me retiré a lugares de soledad para contemplar en silencio. Estas experiencias significaron mucho más para mí que las palabras de cualquier televangelista lejano.

Cada vez que me quedaba en la casa de mis abuelos, mi abuelo se despertaba temprano y encendía la cafetera. Mi hermano y yo, al escucharlo abajo, corríamos a su lado. Compartió secciones del periódico con nosotros y nos permitió tomar café con él. Nos hizo sentir como adultos responsables, dos niños pequeños con el periódico y el café en la mano, reflexionando sobre los acontecimientos actuales y emitiendo juicios sobre las últimas tendencias y escándalos políticos. Esta educación indispensable no provino de la difusión pública o de algún proyecto costoso de alfabetización cívica orquestado por la Fundación Nacional para las Artes o la Fundación Nacional para las Humanidades. Venía de la familia, en espacios familiares, en el calor de un hogar amoroso.

La señora Stubbs me enseñó modales y decoro en el cotillón, aunque nunca logró enseñarme a bailar. Aprendí la etiqueta en el campo de golf donde pasé los veranos de mi infancia jugando con grupos de hombres adultos, compitiendo con ellos mientras aprendía a hacer preguntas sobre sus carreras y profesiones, guardando silencio mientras giraban o ponían, no andando en sus líneas, sosteniendo el flagstick para ellos, otorgándoles honores en el tee cuando obtuvieron la puntuación más baja en el hoyo anterior, rastrillando los bunkers, caminando con cuidado para evitar dejar marcas de picos en los greens, reparando las marcas de mis bolas, etc.

Me enteré de la muerte cuando una niña con la que viajé a la iglesia falleció de cáncer. Tenía solo cuatro o cinco años cuando murió. Luego vino la muerte de mi bisabuela, luego mi bisabuelo, luego mi abuelo, y así sucesivamente, lo que hasta el día de hoy se me acerca. En el Sur aún abrimos nuestros ataúdes para mostrar cadáveres y recordarnos la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte. Este ritual solemne nos mantiene conscientes de nuestro propósito en la vida, nos acerca a nuestros amigos y familiares y nos asegura que contemplamos las preguntas más graves y más importantes.

Mis dos abuelos significaban el mundo para mí. Ambos llevaban trajes y corbatas para trabajar todos los días. Se vistieron profesionalmente y con responsabilidad para cada ocasión. Los copié a temprana edad. En la escuela secundaria, mientras los otros niños se entregaban a las últimas modas y modas, usaba camisas abotonadas metidas cuidadosamente en los pantalones. Pensé que no obtendría puntos con mis compañeros disfrazándome para la clase, pero en poco tiempo muchos de mis amigos adoptaron la práctica cuando empezamos a pensar en nosotros mismos como hombres pequeños en busca de una educación. Debido a que éramos atletas, nuestra ropa no solo fue tolerada sino que finalmente se imitó. Cuando los otros equipos de baloncesto se presentaron en nuestro gimnasio, los conocimos con abrigo y corbata mientras llevaban camisetas demasiado grandes y pantalones sueltos que se hundían debajo de las puntas traseras. Nuestro equipo podría haberlos asustado por nuestro atuendo formal. Pero los sorprendimos aún más después de que nos trasladamos al vestuario, nos pusimos nuestras camisetas, irrumpimos en la cancha y luego los derrotábamos.

Podría seguir. El punto es que la experiencia sentida define quiénes somos y da forma a cómo nos comportamos. Como señaló el juez Holmes, “Lo que más amamos y veneramos en general está determinado por las primeras asociaciones. Me encantan las rocas de granito y los arbustos de agracejo, sin duda porque con ellos estuvieron mis primeros gozos que se remontan a la eternidad pasada de mi vida”.9 Lo que dice a continuación es más importante:

Pero mientras que la experiencia de uno hace que ciertas preferencias sean dogmáticas para uno mismo, el reconocimiento de cómo llegaron a ser así deja a uno capaz de ver que otros, las almas pobres, pueden ser igualmente dogmáticos respecto de otra cosa. Y esto de nuevo significa escepticismo. No es que la creencia o el amor de uno no permanezca. No es que no lucharíamos y moriríamos por ello si fuera importante; todos, lo sepamos o no, estamos luchando para crear el tipo de mundo que nos debería gustar, sino que hemos aprendido a reconocer que los demás lucharán y morirán. Para hacer un mundo diferente, con igual sinceridad o creencia. Las preferencias profundamente arraigadas no se pueden discutir (no se puede argumentar que a un hombre le guste un vaso de cerveza) y, por lo tanto, cuando las diferencias son lo suficientemente amplias, tratamos de matar al otro hombre en lugar de dejar que se salga con la suya. Pero eso es perfectamente consistente con admitir que, por lo que parece, sus argumentos son tan buenos como los 10nuestros.

Tomo estas palabras como precaución, como un claro recordatorio del horroroso potencial de la violencia inherente al intento de un grupo de personas formado por ciertas asociaciones para imponer por la fuerza sus normas y prácticas a otro grupo de personas formadas por asociaciones diferentes. La virtud distintiva de la policentrismo es dar cabida a estas diferencias y minimizar las posibilidades de violencia al difundir y dispersar el poder.

Conclusión

El orden policéntrico que defiendo no es utópico; es concreto y práctico, y está ejemplificado por las instituciones mediadoras y las autoridades subsidiarias, tales como iglesias, sinagogas, clubes, ligas pequeñas, asociaciones comunitarias, escuelas y membrecías profesionales a través de las cuales nos expresamos, políticamente o de otra manera, y con cuyas reglas voluntariamente aceptamos.

Cuando encendemos nuestros televisores por la noche, somos muchos de nosotros de esta parte del país, perturbados por el aumento de la conducta lasciva, la retórica divisiva, el comportamiento malicioso y la decadencia institucionalizada que son contrarias a nuestras normas locales pero sistémicamente y fuertemente forzado sobre nosotros por poderes extranjeros o externos. Apagar la televisión en protesta parece ser nuestro único modo de resistencia, nuestra única manera de disentir. Disgustados por la creciente evidencia de que nuestros políticos han reunido el aparato del poderoso gobierno federal para alcanzar la fama y la gloria personal, muchos de nosotros nos sentimos explotados y sin poder. Sin embargo, frente a las burocracias estatales masivas, las grandes corporaciones, los medios parciales, los periodistas tendenciosos y los militares al mando, ejercemos nuestra agencia, brindando alegría y esperanza a nuestras familias, amigos y vecinos, atendiendo a circunstancias concretas que están bajo nuestro control directo. La promesa de comunidad nos revitaliza y refresca.

Recientemente paseé por Copenhague, Dinamarca, un brillante domingo por la mañana. Aunque las campanas de la iglesia sonaban por las calles, haciendo eco en los edificios y las aceras de adoquines, silenciando las conversaciones y sobresaltando a algunas palomas, las iglesias permanecieron vacías. No vi adoradores ni servicios de adoración. Algunas de las iglesias habían sido reutilizadas como cafés y restaurantes con camareros y camareras pero no pastores ni sacerdotes; los clientes bebían su vino y comían su pan en mesas pequeñas, pero no había rituales de comunión ni sacramentos.

Un mes después, también un domingo, volé a Montgomery, Alabama, desde Dallas, Texas. A medida que el avión descendía lentamente bajo las nubes, las pequeñas figuras de casas de muñecas y los edificios modelo debajo de mí cobraron vida, convirtiéndose en personas y estructuras reales. Contemplé las docenas de iglesias que salpicaban el paisaje plano y ensanchado, que crecía cada vez más a medida que nos acercábamos al aeropuerto. Y observé, sentado allí, el stock todavía impulsado a través del espacio, que los estacionamientos de cada iglesia estaban llenos de autos, que había, a esta hora temprana, cientos, si no miles, de mi gente allí antes que yo, adorando al mismo Dios. Adoré, el mismo Dios que mis padres y abuelos y sus padres y abuelos habían adorado; Y sentí, en ese momento, profunda y profundamente, por primera vez en años, un sentimiento raro pero inconfundible: esperanza no solo para mi comunidad, sino también para la comunidad.

  • 1.Michael Polanyi, La lógica de la libertad: Reflexiones y réplicas (Indianapolis Liberty Fund, 1998) (1951), pág. 109.
  • 2.Ibid.
  • 3.Ibid.
  • 4.Ibid en 136.
  • 5.Ibid en 137.
  • 6.Ibid. a los 141 años.
  • 7.Vincent Ostrom, The Meaning of Democracy and the Vulnerability of Democracies (Ann Arbor: The University of Michigan Press, 1997), pág. X.
  • 8.Ibid.
  • 9.Oliver Wendell Holmes Jr. “Natural Law”. Harvard Law Review, vol. 32 (1918-19), p. 41.
  • 10.Holmes a los 41.

What the new Carnegie classifications mean for Alabama universities

In Academia, Scholarship, The Academy on December 19, 2018 at 6:45 am

This article originally appeared here in the Alabama Political Reporter.

The new Carnegie Classification of Institutions of Higher Education is out. Once operated by the Carnegie Foundation, the so-called “Carnegie classifications” are now run by the School of Education at Indiana University.

The classifications are by university type or category: doctoral universities, master’s colleges and universities, baccalaureate colleges, baccalaureate / associate colleges, associate’s colleges, special focus institutions, and tribal universities. When you hear people refer to the coveted R-1 status, they’re referring to a sub-classification within the “doctoral universities” category, which until this year trifurcated into “highest research activity” (R-1), “higher research activity” (R-2), and “moderate research activity” (R-3).

Under this taxonomy, Auburn, Alabama, UAB, and UAH were classified as “Doctoral Universities,” whereas Troy, Samford, Faulkner, Montevallo, and Alabama State were classified as “Master’s Colleges & Universities.” Huntingdon, Stillman, Tuskegee, and Talladega were designated “Baccalaureate Colleges.”

The many universities in Alabama fall into different classifications.  I have mentioned only a few universities not to suggest favor or quality, but to illustrate the spectrum of classification possibilities.

Not long ago, I wrote that “Carnegie should drop the phrases ‘highest research activity,’ higher research activity,’ and ‘moderate research activity’ that accompany the R-1, R-2, and R-3 label because they are misleading: the Carnegie rankings do not measure research activity but research expenditure.” Carnegie has corrected this flaw to some extent, relabeling its R-1 and R-2 categories as “Very high research activity” and “High research activity,” respectively—thereby eliminating the “er” and “est” suffixes (in “higher” and “highest”) that indicated the comparative and superlative degree (i.e., that made certain universities sound better than others).

So where do Alabama universities fall in the new 2018 classifications?  

Auburn, Alabama, and UAB are the only Alabama universities in the R-1 category. UAH is an R-2. Troy, Faulkner, Montevallo, and Alabama State remain “Master’s Colleges & Universities.” Tuskegee entered that category. Samford is now classified under the heading “Doctoral / Professional Universities” that did not exist in earlier classifications. This category accounts for professional-practice degrees like juris doctorates or medical degrees.

Huntington, Stillman, and Talladega remain “Baccalaureate Colleges.”

If you’re curious about the classification of your alma mater or favorite Alabama university, you can search the listings here.

It would be a mistake to treat these classifications as a hierarchal ranking of quality.  They are, rather, descriptive differentiations that inform the public about the size and spending of universities. The only category in which universities receive something like a vertical ranking is “Doctoral Universities,” which tier universities according to their alleged “research activity.”

Eric Kelderman points out that “critics wonder whether going for more research money and a higher Carnegie classification really has more to do with elevating institutional image, and comes at the expense of academic quality—particularly for undergraduates.” This is a profound concern.

The Carnegie classifications could incentivize malinvestment in doctoral degrees and number of faculty members. The job market for humanities faculty is shrinking while the number of humanities doctorates is rising, but to achieve their desired Carnegie classifications, universities continue to churn out humanities Ph.Ds. who have diminishing chances of landing tenure-track positions.

The Carnegie classifications don’t measure research quality, either. One university could spend millions on research with negligible outcomes while another could spend little on research yet yield high-quality, groundbreaking scholarship.

The Carnegie classifications are not perfect, but they command attention among administrators in higher education and can involve public funds. For that reason alone, anyone who has a stake or interest in a university in Alabama should pay attention too.

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