El artículo original se encuentra aquí. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe.
Pocas cosas dividen a los libertarios como la Decimocuarta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos. Gene Healy ha observado que “Liberales clásicos de buena fe se han encontrado en ambos lados de la discusión”.
Por un lado están los que alaban la enmienda por evitar el poder de los estados para prejuzgar, dirigir, regular o usar fuerza de cualquier tipo para imponer leyes discriminatorias sobre sus ciudadanos. Por el otro están los que, aunque reconozcan la naturaleza problemática de las malas conductas y los actos inmorales del estado, no están dispuestos a consentir la transferencia de poder de los estados al gobierno federal, y en particular al poder judicial federal.
La división se reduce a las visiones del federalismo, es decir, al equilibrio o separación de los gobiernos estatales y nacional.
Las secciones primera y quinta de la Decimocuarta Enmienda son las más polémicas. La Sección Uno incluya la Cláusula de Ciudadanía, la Cláusula de Privilegios o Inmunidades, la Cláusula de Proceso Debido y la Cláusula de Igual Protección y la Sección Cinco otorga al Congreso la autoridad para aplicar legislativamente la enmienda. Estas disposiciones han dado mayores poderes al gobierno nacional, permitiendo a los tribunales federales a hacer que los estados cumplan las leyes federales con respecto a ciertos derechos (o supuestos derechos) individuales.
El Tribunal Supremo de Estados Unidos, en Barron v. Baltimore (1833), sostuvo que la Declaración de Derechos (las primeras diez enmiendas a la Constitución de EEUU) obligaban solo al gobierno federal y no a los gobiernos estatales. Mediante la Decimocuarta Enmienda, que fue ratificada oficialmente en 1868, el Tribunal Supremo de Estados Unidos y los tribunales federales inferiores han “incorporado” gradualmente la mayoría de las disposiciones de la Declaración de Derechos para aplicarlas contra los estados. Así que el gobierno federal se ha empoderado para hacer que los gobiernos estatales cumplan disposiciones que originalmente solo pretendían restringir los abusos federales.
Si el gobierno federal fuera el único o el mejor mecanismo para reducir el tipo de discriminación y violaciones de derechos prohibidos por la Decimocuarta Enmienda, esta sería bienvenida y aceptada. Pero no es el único correctivo concebible y, aparte, ¿no es contraintuitivo para los libertarios aplaudir y defender un aumento tanto en el ámbito como en el grado del poder federal, incluso si ese poder, en algunas ocasiones, haya producidos resultados admirables?
En contextos no relacionados con la Decimocuarta Enmienda, casi nunca resulta polémico para los libertarios promover remedios no gubernamentales, locales o descentralizados, para leyes y prácticas injustas y discriminatorias. A menudo se alega que la industria y el comercio y la simple economía son mejores mecanismos para reducir el comportamiento discriminatorio, ya se base en raza, clase, sexo, género o lo que sea, que la fuerza del gobierno. Aun así, frecuentemente esos libertarios que hacen sonar las alarmas acerca de las aproximaciones gubernamental, federal y centralizada de la Decimocuarta Enmienda a las leyes y prácticas discriminatorias son tratados de forma poco sincera, en lugar de con argumentos, como defensores de aquellas leyes y prácticas, en lugar de como oponentes por principio de las reparaciones federales centralizadas para daños sociales.
Cualquier debate sobre la Decimocuarta Enmienda debe ocuparse de la validez de esta aprobación. Durante la Reconstrucción, la ratificación de la Decimocuarta Enmienda se convirtió en una condición previa para la readmisión en la Unión de los antiguos estados confederados. Healy ha llamado a esto “ratificación a punta de bayoneta”, porque, dice, “para acabar con el gobierno militar, se obligó a los estados sureños a ratificar la Decimocuarta Enmienda”. La condición natural de esta reunificación contradice la afirmación de que la Decimocuarta Enmienda fue ratificada por un pacto mutuo entre los estados.
Los jueces federales consideran irrelevante el propósito de la enmienda
En 1873, el juez Samuel F. Miller, junto con otros cuatro jueces, sostuvo que la Decimocuarta Enmienda protegía los privilegios e inmunidades de la ciudadanía nacional, no la estatal. El caso afectaba a regulaciones estatales de mataderos para ocuparse de las emergencias sanitarias que derivaban de sangre animal que se filtraba en el suministro de agua. El juez Miller opinaba que la Decimocuarta Enmienda estaba pensada para ocuparse de la discriminación racial contra los antiguos esclavos en lugar de para la regulación de los carniceros:
Al acabar la guerra [de Secesión], los que habían conseguido restablecer la autoridad del gobierno federal no se contentaron con permitir que esta gran ley de emancipación se basara en los resultados reales de la contienda o la proclamación del ejecutivo [la Declaración de Emancipación], ya que ambos podían ser cuestionados en tiempos posteriores, y determinaron poner estos resultado principal y más valioso en la Constitución de la unión restaurada como uno de sus artículos fundamentales.
Lo que dice el juez Miller es que el significado y propósito de la Decimocuarta Enmienda (proteger y preservar los derechos de los esclavos liberados) se desacredita cuando se usa para justificar la intervención federal en los asuntos económicos cotidianos de un sector estatal concreto. La regulación estatal de los mataderos de animales no es una opresión del mismo tipo o grado que la esclavitud de gente basada en su raza. Argumentar otra cosa es minimizar la gravedad de la ideología racista.
El juez Miller reconocía que la regulación estatal en cuestión era “denunciada no solo por crear un monopolio y conferir privilegios odiosos y exclusivos a un pequeño número de personas a costa de una buena parte de la comunidad de Nueva Orleáns”, la ciudad afectada por los mataderos en cuestión, sino asimismo como una privación del derechos de los carniceros a ejercitar su profesión. Sin embargo, el juez Miller no creía que el gobierno federal tuviera derecho bajo la Constitución a interferir con una autoridad que siempre se había concedido a gobiernos estatales y locales.
Habiendo establecido al alcance limitado de la cláusula de privilegios o inmunidades en los Casos de los mataderos, el Tribunal Supremo acudió posteriormente a la Cláusula de Igual Protección y la Cláusula del Proceso Debido para echar abajo leyes bajo la Decimocuarta Enmienda. Pero el Tribunal Supremo no se ha detenido ante las leyes estatales: ha usado la Cláusula de Igual Protección y la Cláusula del Proceso Debido como pretexto para regular a ciudadanos y empresas privadas. La Decimocuarta Enmienda, que pretendía reducir la discriminación, se ha usado, paradójicamente, para defender programas de acción afirmativa que discriminan a ciertas clases de personas.
Ceder el poder a los jueces federales no les predispone a la libertad. Como la Sección Cinco de la Decimocuarta Enmienda permite al Congreso aprobar enmiendas o leyes que traten de infracciones estatales a la libertad individual, no es necesario ni constitucionalmente sensato que el poder judicial federal asuma ese papel. Los miembros del Congreso, al contrario que los jueces federales que disfrutan del cargo vitaliciamente, son responsables ante los votantes en sus estados y por tanto es más probable que sufran por su infidelidad a la Constitución.
A nivel conceptual, además, parece extraño que los libertarios defiendan internamente lo que condenan en relaciones exteriores, a saber, la doctrina paternalista de que un gobierno central más poderoso tendría que usar su músculo para obligar a cumplir a unidades políticas más pequeñas.
El legado de la enmienda
¿Ha generado resultados constructivos la Decimocuarta Enmienda? En muchas áreas, sí. ¿Son deplorables algunas de las ideologías contra las que se ha dirigido? En muchos casos, sí. ¿Eran malas las normas contra el mestizaje, las normas de segregación escolar y las normas prohibiendo a los afro-americanos actuar como jurados? Sí, por supuesto. Sin embargo no se deduce que solo porque algunos casos bajo la Decimocuarta Enmienda hayan invalidado estas malas leyes, esta sea necesaria o incondicionalmente buena, especialmente a la vista de la pendiente resbaladiza de precedentes que con el tiempo distancian a las normas de su aplicación pretendida. “Si los tribunales empiezan a usar la Decimocuarta Enmienda para aplicar derechos naturales libertarios”, advierte Jacob Huebert en Libertarianism Today, “no sería más que un pequeño paso para que empezaran a usarla para aplicar derechos positivos no libertarios”.
Intelectuales de la izquierda como Erwin Chemerinsky, Charles Black, Peter Edelman y Frank Michelman han defendido la protección y aplicación de “derechos de subsistencia” bajo la Decimocuarta Enmienda. Estos incluirían los derechos a comida, atención sanitaria y salario mínimo proporcionados por el gobierno. Las leyes estatales que evitaran estos derechos (que no proporcionaran estas prestaciones sociales) se considerarían inconstitucionales; el ejecutivo federal aseguraría así que todo ciudadano de los estados transgresores reciba atención sanitaria, alimentos y una renta básica, todo subvencionado por los contribuyentes.
Estoy dispuesto a admitir no solo que en la práctica yo litigaría bajo las disposiciones de la Decimocuarta Enmienda para representar competente y éticamente a mi cliente (imaginar un sistema en el que el poder federal no esté tan atrincherado es inútil para litigantes en un sistema real en que el poder federal está profundamente arraigado), pero también que, en un mundo más ideal, podría haber otras formas menos deletéreas de luchar contra discriminación y violaciones de derechos que la Decimocuarta Enmienda. El taller de la actividad diaria no atiende abstracciones esperanzadas. No se puede deshacer un sistema de la noche a la mañana: los abogados deben actuar con las leyes que tienen disponibles y no pueden inventar otras nuevas para sus casos o agarrarse a una mera política. No si quieren tener éxito.
En ausencia de la Decimocuarta Enmienda, muchas personas y empresas con quejas válidas podrían no tener soluciones constitucionales. Sin embargo eso no significa que los términos y efectos de la Decimocuarta Enmienda sean incuestionablemente deseables o categóricamente buenos. Se pueden celebrar las victorias logradas mediante la Decimocuarta Enmienda mientras se reconoce que debe haber un modo mejor.
La Decimocuarta Enmienda no es en sí misma un bien positivo sino un animal peligroso a manejar con cuidado. Los libertarios como clase tienen una devoción manifiesta impropia a su funcionamiento. Necesitamos en su lugar un debate, abierto, honrado y colegiado acerca de los méritos y la función de esta enmienda, no sea que otras criaturas similares miren al futuro y a costa de nuestras amadas libertades.


"The king can do no wrong", Commentaries on the Laws of England, Elizabeth I, England, government, Ludwig von Mises Institute Canada, qualified immunity, Sir William Blackstone, sovereign immunity, The Eleventh Amendment, The U.S. Supreme Court, United States
The Immunity Community
In America, American History, Arts & Letters, Britain, History, Humanities, Jurisprudence, Justice, Law, Libertarianism, Philosophy on September 10, 2014 at 8:45 amThis piece first appeared here as a Mises Emerging Scholar article for the Ludwig von Mises Institute Canada.
The doctrine of sovereign immunity derives from the English notion that “the king can do no wrong” and hence cannot be sued without his consent. The purpose of this doctrine was, in England, from at least the Middle Ages until eighteenth century, to bar certain lawsuits against the monarch and his or her ministers and servants. With the rise of the English Parliament after the death of Elizabeth I, government officers and politicians sought to gain the power of immunity that the monarch and his or her agents had enjoyed.
In practice, however, English subjects were not totally deprived of remedies against the monarch or the government. The doctrine of sovereign immunity was not an absolute prohibition on actions against the crown or against other branches of government;[1] subjects could avail themselves of petitions of right or writs of mandamus, for instance, and monarchs fearful of losing the support of the people would often consent to be sued.
It was not until the monarchy had been demonstrably weakened that the doctrine of sovereign immunity began to be espoused with added urgency and enforced with added zeal. In the late eighteenth century, Sir William Blackstone intoned in his Commentaries on the Laws of England that the king “is not only incapable of doing wrong, but ever of thinking wrong: he can never mean to do an improper thing: in him is no folly of weakness.” These lines convert sovereign immunity into sovereign infallibility, a more ominous yet more dubious pretension.
Once the monarchy had been abolished altogether, the idea that the sovereign had to consent to be sued no longer held credence. As Louis L. Jaffe explains, “Because the King had been abolished, the courts concluded that where in the past the procedure had been by petition of right there was now no one authorized to consent to suit! If there was any successor to the King qua sovereign it was the legislature,” which, having many members subject to differing constituencies, was not as accountable as the monarch had been to the parties seeking to sue.[2]
The principle of sovereign immunity carried over from England to the United States, where most states have enshrined in their constitution an absolute bar against suing the State or its agencies and officers whose actions fall within the scope of official duties. The Eleventh Amendment to the U.S. Constitution likewise states that “the Judicial power of the United States shall not be construed to extend to any suit in law or equity, commenced or prosecuted against one of the United States by Citizens of another State, or by Citizens or Subjects of any Foreign State.” This provision, which applies only in federal courts and which does not on its face prohibit a lawsuit against a state by a citizen of that same state, was adopted in response to the ruling in Chisholm v. Georgia (1793), a case that held sovereign immunity to have been abrogated and that vested in federal courts the authority to preside over disputes between private citizens and state governments.
Notwithstanding the complex issues of federalism at play in the Chisholm decision and in the Eleventh Amendment, the fact remains that the doctrine of sovereign immunity has been applied with widening scope and frequency since the states ratified the Eleventh Amendment in 1795. The U.S. Supreme Court has contributed to the doctrine’s flourishing. “The Supreme Court’s acceptance of sovereign immunity as constitutional principle,” explains one commentator, “depends on its determination of the intent of the Framers, which ignores a great deal of historical evidence from the time of the founding and relies primarily on a discredited account of the Eleventh Amendment first articulated in the 1890 case of Hans v. Louisiana.”[3]
State and federal courts have now built an impregnable wall of immunity around certain state and federal officers. The sovereign immunity that is enshrined in state constitutions is, in theory, not absolute because it is conferred only to certain agents and officers and does not prohibit lawsuits to enjoin such agents and officers from performing unconstitutional or other bad acts. In practice, however, the growth of qualified immunities, which is in keeping with the growth of government itself, has caused more and more agents of the State to cloak themselves in immunity.
Bus drivers, teachers, coroners, constables, high school coaches, doctors and nurses at university hospitals, security guards, justices of the peace, government attorneys, legislators, mayors, boards of education and health, university administrators, Indian reservations, prison guards and wardens, police officers and detectives, janitors in government facilities, licensing boards, tax assessors, librarians, railroad workers, government engineers, judges and justices, school superintendents and principals, towing companies, health inspectors, probation officers, game wardens, museum docents and curators, social workers, court clerks, dog catchers, contractors for public utilities, public notaries, tollbooth attendants, airport traffic controllers, park rangers, ambulance drivers, firefighters, telephone operators, bus drivers, subway workers, city council members, state auditors, agricultural commissioners—all have sought to establish for themselves, with mixed degrees of success, the legal invincibility that comes with being an arm of the state.
Yet the idea that “the king can do no wrong” makes no sense in a governmental system that has lacked a king from its inception. Its application as law has left ordinary citizens with limited recourse against governments (or against people claiming governmental status for the purpose of immunity) that have committed actual wrongs. When the government, even at the state level, consists of vast bureaucracies of the kind that exist today, the doctrine of sovereign immunity becomes absurd. If it is true that in nine states and in the District of Columbia the government employs more than 20% of all workers, imagine how many people are eligible to claim immunity from liability for their tortious conduct and bad acts committed on the job.
Local news reports are full of stories about government employees invoking the doctrine of sovereign immunity; few such stories find their way into the national media. Judge Wade McCree of Michigan, for instance, recently carried out an affair with a woman who was a party in a child-support case on his docket, having sexual intercourse with her in his chambers and “sexting” her even on the day she appeared as a witness in his courtroom. Although McCree was removed from office, he was immune from civil liability. An airport in Charleston, West Virginia, is invoking the doctrine of immunity to shield itself from claims that it contributed to a chemical spill that contaminated the water supply. Officer Darren Wilson may be entitled to immunity for the shooting of Michael Brown, depending on how the facts unfold in that investigation.
The U.S. Supreme Court once famously declared that the doctrine of sovereign immunity “has never been discussed or the reasons for it given, but it has always been treated as an established doctrine.”[4] A disestablishment is now in order. The size and scope of government is simply too massive on the state and national level to sustain this doctrine that undermines the widely held belief of the American Founders that State power must be limited and that the State itself must be held accountable for its wrongs. Friedrich Hayek pointed out that the ideal of the rule of law requires the government to “act under the same law” and to “be limited in the same manner as any private person.”[5] The doctrine of sovereign immunity stands in contradistinction to this ideal: it places an increasing number of individuals above the law.
If the law is to be meaningful and just, it must apply equally to all persons and must bind those who enforce it. It must not recognize and condone privileges bestowed upon those with government connections or incentivize bad behavior within government ranks. Sovereign immunity is a problem that will only worsen if it is not addressed soon. The king can do wrong, and so can modern governments. It’s time for these governments to be held accountable for the harms they produce and to stop hiding behind a fiction that was long ago discredited.
________
[1]See generally, Louis L. Jaffe, “Suits Against Governments and Officers: Sovereign Immunity,” 77 Harvard Law Review 1 (1963).
[2]Jaffe at 2.
[3]Susan Randall, “Sovereign Immunity and the Uses of History,” 81 Nebraska L. Rev. 1, 4 (2002-03).
[4]U.S. v. Lee, 106 U.S. 196, 207 (1882).
[5]F. A. Hayek, The Constitution of Liberty, Vol. 17 of The Collected Works of F.A. Hayek, ed. Ronald Hamowy(Routlege, 2011), p. 318.
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